jueves, 24 de mayo de 2012

¿Y qué pasa si Grecia sale del euro? (o ¿Hay vida después del suicidio?)


Aunque surgen muchas preguntas en apariencia más relevantes, no es del todo inútil comenzar por considerar cómo podría salir Grecia del euro. Después de todo, a quienes diseñaron el Tratado de Maastricht no se les ocurrió incorporar un mecanismo específico para expulsar a un país de la moneda única. Viéndolo en retrospectiva, una previsión así en medio e aquella comunión colectiva hubiese sido una suerte de matrimonio con capitulación de bienes, algo que atentaba contra el propósito esencial de aquellos contrayentes: Convencer a los mercados de que la unión era en efecto indisoluble. Siendo así, sólo queda el retiro voluntario.

Esto último es más o menos lo que muchos griegos han escogido en las pasadas elecciones: Darle un apoyo masivo no tanto a quienes se oponen al euro en sí, que sigue siendo un signo de status nacional dentro de una nación bastante venida a menos, sino al paquete de austeridad que Europa exige a Grecia. Por fortuna, todavía no se sabe para quién, ese primer voto se ha diluido y los favorecidos no han sido capaces de conformar mayoría, por lo que habrá que volver a las urnas dentro de un par de semanas.

Mientras tanto, el país se desliza hacia el caos con una tasa de desempleo superior al 20% y una deuda externa que supera 167% del PIB. ¿Qué ocurriría si Grecia sale del euro? Pensemos primero en la propia Grecia. Antes de evaluar en las alternativas conviene tener claro que ya no hay salida fácil, se trata de cuál será la menos dolorosa. El país sufre una sobrevaluación estimada en más de 50% (los bienes transables y los salarios allí cuestan 50% más que en el resto de Europa). No puede devaluar, y no consigue a nadie alrededor dispuesto a financiarle el déficit en cuenta corriente que esa enorme brecha provoca. En esa circunstancia debe esforzarse por generar un superávit interno (gastar menos de lo poco que gana), lo que obliga a sus autoridades a recortar el gasto en plena recesión.

Si Grecia se sale del euro, lo primero que hará será declarar default sobre su deuda. De momento, dado que de todas formas nadie está dispuesto a prestarle, esta medida podría tener un efecto neto positivo sobre las finanzas públicas. El gobierno se vería obligado a retomar el dracma (o crear el “nuevo dracma”) a una paridad significativamente devaluada. Esta transición podría ser muy caótica, toda vez que Grecia no es Argentina, en donde circulaban pesos y dólares cuando se decidió romper la paridad con el dólar. En este caso habría que ponerse creativo, pero cuesta pensar en una solución que no pase por el cierre temporal de los bancos. Ese momento inicial, dado que a nadie se le ocurrió prever esto, sería de un caos y una confusión difícil de imaginar.

Superada esta etapa, es posible que la devaluación traiga a Grecia a inversionistas internacionales interesados en activos devaluados y a turistas ávidos de aprovechar los precios relativos más favorables. Estos beneficios son previsibles, pero no vendrán sin riesgos. Grecia carece de un aparato exportador (el de ellos es equivalente al venezolano no-petrolero), por lo que la devaluación no traerá de inmediato mayores ventas externas, y sí obligará a consumir importaciones más caras. En esas condiciones la devaluación sería fuertemente contractiva. Habría que ver en cuánto tiempo la inversión en el sector real reacciona a los precios relativos más favorables y qué tanto se contraen las importaciones tras la devaluación. En cualquier caso, con todo y sus riesgos, pareciera tener menos probabilidades de fracaso que la austeridad a ultranza.

¿Y qué ocurriría con el resto de Europa? Si Grecia sólo representa el 3% del PIB europeo: ¿cuál es el riesgo? El riesgo viene dado por lo que yo llamo la pérdida de la virginidad de la Unión Monetaria Europea (UME). La salida de Grecia podría desatar los temores de que España o Italia sigan un camino similar, lo que tendría un efecto inmediato en la prima por riesgo de estos países, ya de por sí en niveles críticos. Grecia podría abrir la caja de Pandora y desatar un dominó financiero que termine de secar las ya de por sí exiguas fuentes de financiamiento a otros países en problemas. Esta secuencia, si no ocurre una respuesta apropiada del Banco Central Europeo (en cuyo caso cabría preguntarse ¿por qué ahora y no cuando Grecia estaba todavía en el euro?) podría dar al traste con el euro en Portugal, España e Italia. Luego están los efectos del default sobre los bancos europeos que cargan bonos griegos (en especial franceses), aunque tras las sucesivas rebajas a la calificación ya han debido ser provisionados apropiadamente (considerados como pérdidas en los estados financieros, pero ya aquí tampoco puede pensarse que no habrá sorpresas).

Evi Pappas, profesor griego de economía en el European University Institute, ha comparado la situación de Grecia con la tragedia de Antígona, en la obra de Sófocles. Antígona fue condenada a ser enterrada viva por Creonte, por violar la prohibición de hacer ritos fúnebres a Polinices, a quien se consideraba traidor a la patria. Cuando el coro de ancianos finalmente convence al gobernador de perdonarle (media también una profecía de Tiresias que aterroriza a Creonte) y acuden a liberarla del sepulcro en donde había sido encerrada, ya Antígona se ha ahorcado. El símil es brillante. La UME ha condenado a Grecia a ser enterrada viva, exigiéndole un paquete de austeridad en plena recesión. Hay cierto coro de ancianos (y no tan ancianos) que han advertido de las injusticias y los riesgos de semejante condena, pero Creonte no reacciona. Insiste en la condena y quiere aprovechar la coyuntura para obligar a Grecia a implementar un conjunto de reformas. Mientras eso ocurre, Grecia medita su suicidio.