viernes, 10 de agosto de 2012

El espejo roto

Hace unos días aproveché la primera hora de la mañana para tomar la autopista hacia Valencia. El amanecer y las fuertes lluvias de estos días le han devuelto los matices de verde intenso a los campos y montañas del trayecto, produciendo una rápida sucesión de imágenes que me traen cierta sensación de paz, también de pertenencia. Lo he recorrido muchas veces desde que hace más de veinte años vine a estudiar a Caracas. En estos estrechos carriles – a ratos también en el exiguo hombrillo - funcionaron los molinos de mi mente, atravesé infinidad de pasillos virtuales e ideé escenas y escenarios, algunos de los cuales más tarde tomaron forma (no siempre como los había pensado, ya lo dice Javier Marías: Todos los días llegan, pero casi ninguno es como esperábamos). A esta hora, el único elemento capaz de dar al traste con esa sensación de identificación es el dial de la radio.

En una estación se oye un tono de voz almidonado que me recuerda los parlamentos de las obras de teatro que organizábamos en el colegio: “…en la medida en que una clase es capaz de representarla, sólo puede estar representada por aquella clase cuya misión histórica es derrocar al régimen de producción capitalista y abolir definitivamente las clases: El proletariado”. “¿Has visto, Luis? ¿Qué importante es leer a Carlos Marx, y aprender, para no dejarse engañar por el capitalismo, para no caer en las argumentaciones con que nos bombardean los medios de comunicación privados que defienden el sistema capitalista?”. Y Luis contesta, con el mismo énfasis patético: “Claro que sí Ángela, es muy importante que reservemos cada día un espacio para leer a Carlos Marx, para reflexionar sobre sus ideas y su contribución al ideario socialista que sustenta la revolución bolivariana”.

El seek se detiene más adelante: “Así, arbitrariamente, se invaden naciones, se matan mujeres y niños, en nombre del sistema capitalista”. “Así es - contesta el interlocutor – fíjate por ejemplo lo ocurrido en Afganistán: Allí, desde que salió el régimen talibán, el cultivo de opio ha crecido más de 18%... Ese cultivo prácticamente había sido erradicado por los talibanes”. Y así sucesivamente. Es el dial entero día y noche repitiendo los mensajes de la propaganda oficial. Más allá de la manipulación, uno se pregunta qué tiene que ver un venezolano promedio con estos mensajes, cuál es el pedazo con el que se identifica, en qué momento dice “ajá, ahí estoy yo, eso me está pasando a mí todos los días”. Es impresionante el contraste entre el discurso del candidato en 1998, que hacía correspondencia plena con los problemas más directos de la gente, y esta secuencia infinita de mensajes anti-imperialistas, pro-talibán, comunistas y socialistas.

¿Cómo puede reaccionar un venezolano común, ante este espejo roto,  ante esa suerte de imagen opaca y desfigurada que le devuelve la campaña del Presidente? Una posible respuesta me ocurrió el otro día, cuando tras un acto de Henrique Capriles en Yaracuy, los dos muchachos que viajaban en la camioneta del CNE que persigue al candidato noche y día, se acercaron al secretario privado del candidato con una propuesta inusual. “¿Hay algún momento en el que Henrique se quede sólo?”. “Está difícil, ¿pero para qué?”. “Bueno, es que queríamos aprovechar para tomarnos una foto con él”.

@miguelsantos12

Para El Universal, 11/08/2012