No había tenido oportunidad de
escribir aquí tras las elecciones del 7-O. Rómulo Gallegos solía decir que
tanto a los hechos como a las letras hay que dejarlos ahí, reposando, para
evitar los errores propios de la escritura repentina y del entusiasmo del hecho
reciente. Ha habido tiempo ya de que aparezca una amplísima gama de opiniones y
matices. Nos hace mucha falta, pues hemos asimilado con asombrosa efectividad
la costumbre de recurrir a la miseria personal y al insulto para descalificar a
quienes piensan diferente. En esto también ha sido pionero Rómulo Betancourt: "Uno suele considerar inteligentes a quienes piensan como uno". Y viceversa, agregaría yo.
En esas estaba, repasando cuáles de
mis ideas no habían sido ya expresadas por otros y qué formas podrían
contribuir a presentarlas de manera diferente, cuando dí con el post “OtrasVoces” de Juan Nagel (www.caracaschronicles.com).
Su punto central es que jamás seremos capaces de vencer a Chávez a menos que
ocurra un “fenómeno natural imprevisible” (la enfermedad del Presidente resultando en un desenlace prematuro o una
caída en los precios del petróleo). Siendo así, como no depende de nosotros, la
oposición debería sentarse a esperar ese colapso y, mientras tanto, dejar de
alabar las misiones, ser claro en relación con la insostenibilidad del subsidio
a la gasolina, tomar una postura clara en contra de las nacionalizaciones y
defender abiertamente la privatización.
Algo de cálculo político hubo, qué
duda cabe, natural en todo proceso electoral (si alguno tiene dudas no tiene
más que observar a Mitt Romney). Pero de ninguna manera alcanza para explicar
la oferta electoral de Henrique Capriles. Buena parte de las promesas de
campaña se derivaron de las convicciones del candidato y de los miembros de su
equipo de trabajo. Entre nosotros no estaban las Misiones como la solución
última a nuestra problemática social, pero sí formaban parte de un esquema de
transición, mientras (he aquí el elemento diferenciador) la administración se
las arreglaba para restaurar la red de asistencia social. Nadie tenía en mente
pasar seis años sin ajustar el precio de la gasolina, pero sí se tenía claridad
acerca de la necesidad de mantenerlo mientras no existiera un sistema efectivo
de subsidio al transporte público que colocara el peso del aumento sobre los
hombros de los más afluentes. Creíamos en la regulación y en la negociación
porque, en un sistema que ha dejado en pie dos o tres jugadores por industria,
la libre competencia no sería muy efectiva en el combate contra la inflación.
Más que ejemplos puntuales, se trata de una concepción distinta de la política
social, acaso también de algún sobre-aprendizaje del ajuste de 1989.
Desde mi punto de vista, el mensaje
asistencial en algún momento extravió la narrativa del progreso. Sí, te vamos a
apoyar, porque el fracaso de la política social por más de treinta años te ha
dejado sin oportunidades de enchufarte por tí mismo en el progreso. Pero vamos
a hacer todo lo posible para que tus hijos jamás tengan que venir aquí a pedir
nada, para que no se vean obligados a volver aquí en ese estado de
vulnerabilidad y dependencia. Esta última parte me hizo falta. Pero yo no soy un experto en estos temas de comunicación, ni puedo garantizar que de haber tenido un mensaje más redondo el resultado electoral habría sido diferente. Muy probablemente no, muy probablemente 45% es una de las cotas más altas que se pueda alcanzar cuando se enfrenta a alguien que cuenta con todos los recursos y las instituciones del Estado al servicio de su candidatura, y en un momento en que el barril de petróleo venezolano pasa de cien dólares. El punto es que el mensaje se puede, y se debe, discutir. La campaña y su mensaje son claramente
perfectibles. Sólo quiero resaltar aquí que detrás de la oferta electoral y de
la necesidad de desmarcarse del “paquetazo oculto” (que Juan parece dar por
sentado), había mucha más convicción que cálculo político.
@miguelsantos12
Para El Universal, 19/10/2012
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