viernes, 30 de noviembre de 2012

El soplo de León Febres-Cordero


Hay mañanas en que me acuerdo mucho de León Febres-Cordero. Suele suceder cuando se evoca a alguien de forma espontánea, que una imagen específica nos viene en rápida sucesión, pone así la cuña y deja la puerta abierta a los demás recuerdos. En mi caso, ese dibujo inicial tiene que ver siempre con los barcos griegos prestos a dejar sus playas en dirección a Troya, varados en la arena por la falta de viento. La guerra a punto de empezar, los soldados llevan años preparándose para la batalla, pero las velas yacen mustias a lo largo de los mástiles, los rostros desanimados no dejan de contemplar el mar en calma.

La primera vez que lo vi fue en el estacionamiento del Teatro Teresa Carreño. Salíamos del Ateneo de Caracas y, al bajar las escaleras que conectaban ambos espacios (me imagino que aún existen, pero ya hace mucho tiempo que no voy por allí), dimos con un hombre en jeans y zapatos de goma poniendo volantes de "El último minotauro" en los parabrisas de los carros. En la parte de atrás, como es costumbre, venía una foto del autor: El mismo que ya se perdía en la oscuridad del estacionamiento con el fajo de volantes. De lo más amateur (el que ama lo que hace). Ahora sé que eso lo hacía día tras día, y que en aquél momento tendría unos 46 años. Así pude entrar en contacto con él y terminé pasando varias tardes en los amplios jardines de una quinta en Colinas de Tamanaco. Allí había organizado unas sesiones en donde decodificaba las tragedias griegas y nos hacía su contenido y esencia asequible. "La tragedia era algo que los griegos llevaban por dentro, algo que les ponía la vida patas arriba hasta un punto tal que ya no la reconocían. Ya no eran lo que hasta entonces habían sido: eran otros. ¡Qué gran alivio poder pasar a ser otro, sin haber perdido el juicio!". Mis notas de aquellos días guardan un parecido extraordinario con las ideas que recogen sus entrevistas y ensayos de hoy. Hace dos años la editorial Verbum publicó dos volúmenes, uno con su obra completa y un compendio de entrevistas y ensayos (En torno a la tragedia y otros ensayos). No son muy conocidos en Venezuela, porque aunque no se puede decir que nadie es profeta en nuestra tierra, la verdad es que hay pocos. "Lo de Shakespeare no son tragedias. Sus personajes no aprenden nada, no son capaces de asimilar, de convertirse en otros, sus padecimientos no los llevan a transformarse, como sí lo hacen Agamenón o Ifigenia". Es la esencia de la tragedia recogida por Aristóteles en su Poética: "Aquellos que estén sufriendo los misterios no tienen nada que aprender, sólo deben ser afectados, experimentar el sentimiento con miras a un cambio en el estado mental".

En el episodio que evoca esa imagen recurrente, el viento ha sido suspendido por la diosa Artemisia, porque Agamenón ha incumplido su promesa de sacrificar a Ifigenia. Agamenón se había ido haciendo el loco para evitar esa tragedia, pero el adivino Calcas revela a los soldados la razón tras la calma chicha, y éstos lo vienen a presionar. Así, empuña el puñal y se dispone a ejecutar a Ifigenia, pero en el último momento Artemisia la sustituye por un ciervo y se lleva a la joven a Táuride, donde se convertirá en sacerdotisa. Una nueva realidad que Agamenón, sin estar al tanto, había venido reprimiendo con su renuencia a aceptar la tragedia.

@ miguelsantos12

Para El Universal, 30/11/2012

1 comentario:

Noé dijo...

Hola Miguel Ángel:
1. Perdió Mas, ciertamente. Gana el soberanismo. Todavía como sentimiento in crescendo, sin articulación política definida, ahora enlazado con la arrechera social que crece en toda España y que gira a la izquierda. En cuaqluier caso, la lectur particular a las elecciones en Catalunya es que, creo, no será Más, el que lleve a Catalunya a Ítaca.
2. Respecto de la obsesión por redestribuir, y pensar que el más puro análisis marxista ha de concluir que lo fundamental en Venezuela en este momento es despertar la dinámica propia de las fuerzas productivas; y,
3. Hay adaptaciones fantásticas a las que no les falta un ápice del aroma que rezuman las obras clásicas griegas. Una de ellas La Ilíada de Alessandro Baricco.

Saludos