viernes, 24 de febrero de 2012

¿Lo del cambio del control para cuándo?

Es impresionante la estrecha relación que existe entre algunas palabras clave en el título de los artículos de prensa y su número de lectores. Es un indicador esencial de los asuntos que ocupan más espacio dentro de las reflexiones de los lectores. En economía las palabras-imán son “dólares”, “control de cambio”, “devaluación”, “default”. Cualquier referencia al mercado laboral, empleo de calidad, diversificación, ahorro en bolívares o competitividad, están en el fondo de las preferencias de los lectores. Haga la prueba. Toda nuestra cultura de extracción expresada en esta sencilla etimología. Ese es uno de los mayores retos que debemos enfrentar: ¿Cómo evitar esa reacción visceral, glandular, que le produce la palabra “dólar” a los venezolanos? No es algo trivial, porque de la capacidad del gobierno para alterar ese orden dependen las posibilidades de levantar el control de cambio. Me explico.

En Venezuela hoy coexisten tres tasas: Dólar oficial (4,3), SITME (5,5-6,0) y el dólar negro. El gobierno está embarcado en una expansión monetaria acelerada (48% en doce meses) que, combinada con los traslados de reservas a sus cuentas en el exterior, han dejado la relación liquidez a reservas en 16,8 bolívares por dólar. Es decir, si todos los venezolanos que cuentan con bolívares fuesen mañana al BCV a comprar dólares, el BCV podría absorberlos a 16,8 bolívares por dólar.

Todo esto para decir que, en el entorno de ausencia de institucionalidad, tasas de interés negativas (penalización al ahorro), falta de confianza en la institución de la propiedad y dependencia del consumo de las importaciones, es improcedente e inconveniente (no digo imposible, porque imposible no es) levantar el control de cambio. Ya en 1989, con el consumo dependiendo menos de las importaciones y una relación de liquidez a reservas menos desfavorable, la liberación produjo un shock que - según algunos cálculos que he venido realizando - no es ni siquiera comparable al provocado por la huelga general 2002-2003.

De allí que la prioridad del nuevo gobierno debe ser por un lado el envío de señales claras que empiecen a cambiar la percepción de riesgo (seguridad a la propiedad privada, respeto a la división de poderes, mayor fortaleza institucional); mientras por el otro idea una forma creativa de ir desde aquí (una economía reprimida, con un sistema de precios perturbado) hasta donde debemos ir (una economía libre). Libre, sí, pero no libre para comprar dólares (al menos no sólo para eso). Libre, para que podamos ahorrar en nuestra propia moneda sin perder, libre para invertir y crecer, libre para poder adquirir propiedades y ser productivo, y tener al Estado de tu lado para proteger ambas condiciones. Ya Tobías Nóbrega (en el feliz exilio portugués tras su rentable paso por la administración Chávez) trató de utilizar una vez el argumento de que aquí se podía imprimir más liquidez sin inflación, porque teníamos niveles de monetización (liquidez/PIB) mucho más bajos que los de Chile. Si, claro, pero es que en Chile cuando un ciudadano coge un peso, su primera reacción no es salir corriendo a convertirlo en dólares. Y Chile, no se olvide, tiene tipo de cambio flexible. De eso es de lo que se trata.

@miguelsantos12

Para El Universal, 24/02/2012

martes, 21 de febrero de 2012

El alumbramiento de la oposición venezolana

Fue una de esas madrugadas largas, con el silencio de la noche interrumpido cada vez más esporádicamente por los ecos de voces y risas en la calle, o el recolector de contenedores. En la medida en que iba progresando la noche, según se iba materializando otra de las proezas electorales de la oposición venezolana, se me vinieron a la mente, en rápida sucesión, algunas imágenes de todos estos años.

Volví a escuchar a Carlos Ortega “… el Comité de Conflicto ha decidido prorrogar la huelga general por otras cuarenta y ocho horas”. No pensaba específicamente en Ortega, sino más bien en los cientos de miles que celebraban eufóricos aquellas prórrogas, en los que alguna vez pensamos que – a falta de mejor cosa – aquello podría desembocar en algo bueno. Recordé a la turba que reventó la puerta del estacionamiento de mi edificio en Santa Fe, en búsqueda de mi vecino de entonces, Héctor Navarro. También las voces de muchos de estos mismos líderes políticos y civiles de hoy, justificando la abstención en las elecciones legislativas hace cinco años. “Después de el retiro de la oposición de estas elecciones éste país ya no volverá a ser el mismo”. Y sí, algo cambiaría para siempre, pero por razones totalmente diferentes.

¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Cómo fue posible que la oposición pegara este salto olímpico? ¿Cómo se consiguió estructurar la Mesa de la Unidad Democrática, cómo se deshizo del lastre de la Coordinadora Democrática? Son preguntas difíciles, que nos obligan a reflexionar cómo, por qué y cuándo dejamos de ser quienes éramos y pasamos a ser éstos.

Yo no tengo intención ni capacidad para abordarlas. Pero sí me vinieron a la mente algunos hitos que con seguridad tienen algo que ver con este alumbramiento. El primero es la elección presidencial de 2006. Aquél fue el punto más bajo, sí, pero también el comienzo de lo que vendría después. Más específicamente, me refiero a la figura de Manuel Rosales. Aunque su reputación se haya venido a menos en estos días, fue a raíz de su campaña electoral que la oposición asimiló algunos aprendizajes que sentaron las bases de su transformación. Rosales reivindicó al voto, aún frente a todas las trampas y ventajas oficiales, como el único mecanismo para el cambio. Su reconocimiento del resultado y la magnitud de la diferencia despertaron a la oposición a una dura realidad.

El segundo vino unos meses después. El cierre de RCTV, o la “suspensión de su concesión televisiva”, trajo a millones de hogares venezolanos la sensación de expropiación y violación que hasta entonces sólo habían experimentado algunos en carne propia. Aquella circunstancia parió un movimiento estudiantil. Su incorporación plena a los asuntos de Venezuela, su capacidad para crecer e ir renovándose en la medida en que los mayores se incorporaban a la política, fue el tercer hito que terminó de darle un vuelco al escenario político venezolano. Recordé haberme tropezado en la esquina de Völlmer y Andrés Bello con aquella larga marcha estudiantil en ruta al Tribunal Supremo. Aquella sensación de estreno, aquél sentimiento enorme de posibilidad. Parafraseando a Silvio Rodríguez (al cantante, no al político): La era ha parido una oposición. Hay un camino.

Para El Universal
17/02/2012

viernes, 10 de febrero de 2012

La economía del voto para este domingo

Sólo tenemos un voto y hay que utilizarlo de la mejor manera en las primarias de éste domingo. Un enorme logro de la oposición venezolana en su conjunto, orquestado a través de la Mesa de la Unidad Democrática (que ha desafiado a sus críticos más acérrimos, incluyendo a los que dijeron que si no se hacían en 2011 no habría probabilidad de éxito). En este contexto, me propongo reflexionar acercar de las características y los retos que enfrenta nuestra economía, e invitarlos a pensar en qué tipo de liderazgo nos hace más falta.
Llegamos a este domingo, acaso también a las elecciones de octubre, con uno de los niveles de escasez más altos de nuestra historia. El gobierno ha ido encerrándose a sí mismo en una trampa donde ya sólo le queda elegir entre inflación acelerada sin controles, y desabastecimiento con controles. Ese no es el único frente que requiere de atención inmediata. También tenemos un sistema cambiario con un mínimo de tres tasas (CADIVI, SITME y negro) que resulta muy ineficiente y es una fuente inagotable de corrupción. Nuestro sistema financiero está lleno de créditos que han sido otorgados siguiendo los lineamientos de carteras dirigidas (gavetas) con tasas que van desde el 10% hasta el 37%. Cualquier decisión en éste frente tendrá que ser negociada con la banca y los acreedores, con un período de vencimiento en donde estas distorsiones poco a poco vayan desapareciendo.
Si los ajustes en éstas áreas se corresponden con los grandes procesos de ajuste estructural a los que estamos acostumbrados en América Latina (Venezuela no ha sido la excepción) dependerá de los niveles de reservas y de los precios del petróleo. Al menos en lo que respecta a estos últimos (aunque siempre impredecibles) las perspectivas son positivas: Los pronósticos de los analistas prevén que se mantendrán alrededor de 110-120 dólares durante los próximos años. Las reservas sí son una incógnita: No sabemos qué tan lejos esté dispuesto el gobierno a ir en este frente, qué tanto pueden llegar a raspar la olla (la experiencia de estos trece años es que siempre superan nuestras expectativas). En cualquier caso, aún contando sólo con las reservas en oro (otro supuesto que podría ser heroico), parecería que hay suficientes fondos como para pensar en un período de transición más gradual entre el punto en donde estamos ahora y aquél a donde queremos llegar.
Es en los detalles en donde se encuentra el diablo. De llegar a Presidente, el candidato de oposición sólo podrá liberar los controles de precios en la medida en que consiga generar un entorno de negocios y una confianza suficiente como para que la oferta estabilice los precios. Debe liberar el control cambiario sólo en la medida en que inspire confianza, convirtiendo la liberación en un atributo de la libertad económica más que un canal para la salida legal de capitales. Algo similar ocurre con la banca. Y así sucesivamente. En todos los casos la solución pasa por una suerte de juego de huevo y gallina, en donde el Presidente debe ejercer la verdadera característica del liderazgo: El persuadir, el convencer, el invitar a creer. Es con éstas características en mente que debemos ejercer el voto en las primarias del domingo.


@miguelsantos12
Para El Universal, 10/02/2012

viernes, 3 de febrero de 2012

Gradualismo vs. Shock

Durante las últimas semanas se ha discutido mucho acerca de la actitud (las políticas) que debería tomar un nuevo gobierno ante las innumerables distorsiones que sufre nuestra economía. ¿Debería tratar de corregirlas lo más pronto posible? ¿Debería ir más bien poco a poco, en orden de prioridades (¿y cómo se establecen estas prioridades?), e ir liberando restricciones en la medida en que la economía reaccione? No es una discusión trivial.

Las memorias de los protagonistas de otros procesos de ajuste en América Latina son muy ilustrativas en este sentido. Juan Cariaga, por ejemplo, en relación con el proceso de transición de Bolivia (1996) escribe: “El punto crucial llegó cuando el equipo tuvo que decidir si se adoptaría una estrategia gradualista o una de shock. Las discusiones fueron eternas, hasta que en un momento determinado primó el criterio político de uno de los integrantes del grupo: el doctor Bedregal, quien convenció a los miembros que favorecían las medidas gradualistas que el tratamiento shock era la única salida real, creíble y definitiva para eliminar las expectativas de hiperinflación. A partir de ese momento las cosas avanzaron casi milagrosamente". Algo similar cuenta Santos Alfonso en el caso del Perú (1990), tras la primera presidencia de Alan García: “En la decisión del Fujimori de optar entre un ajuste gradual o de choque, los organismos multilaterales fueron determinantes. Tras la primera reunión con el BID, Banco Mundial y FMI, Fujimori viajó a Japón y a su regreso a Lima ya había optado por un ajuste de electro shock".

Nosotros también tenemos nuestra propia experiencia. La entrevista que Martha Rivero le hace a Moisés Naím (La rebelión de los náufragos) es particularmente reveladora: “La gente no entendía ni aceptaba que no había alternativa. No se tenía un aparato para seguir controlando los precios, no había cómo seguir dando dólares a una tasa artificial, no se podía proteger más a las industrias ineficientes del país o subsidiar a empresas del Estado que cada año perdían cantidades obscenas de dinero, ni mantener un sector público gigante e inoperante que empobrecía a todos. Había que desmontar el aparato de controles que estaba asfixiando la economía y empobreciendo y corrompiendo a los venezolanos… Se necesitaba dinero y si los multilaterales no te prestaban, nadie lo hacía. Y ellos no iban a dar un céntimo si no eliminaba el cambio múltiple que era una fuente de distorsión económica y de enorme corrupción”.

De estas experiencias, la boliviana y la peruana tienen algo en común: Ambos países venían de hiperinflación (11.000% Bolivia y más de 7.000% Perú), de manera que era difícil que el ajuste produjera un resultado peor. El caso de Venezuela fue diferente. El país había sido entregado por Lusinchi en pinzas, el presidente saliente disfrutaba de altos niveles de popularidad. La inflación estaba represada, el sistema de cambio múltiple en pié, la economía había experimentado algún crecimiento. Con las reservas internacionales en el suelo no había mucha opción. ¿Suena conocido? Ahora bien, ¿qué pasa si nos toca escoger entre el ajuste de shock (por no tener recursos) y la pérdida de gobernabilidad?

@miguelsantos12

Para El Universal, 03/02/2012