Tengo que confesar que adquirí La
civilización del espectáculo, el último libro de Mario Vargas Llosa, con
esa mezcla de excitación y ansiedad de quien se aproxima a la fuente de sus
dudas más existenciales. Todos tenemos esas áreas en donde nuestra coherencia
es puesta a prueba, esas ideas que nos hemos ido haciendo con el tiempo y que
no siempre son consistentes con el resto de nuestras convicciones. Hemos ido
poco a poco construyendo nuestra propia forma de concebir el mundo y llegado a
creer en principios que no siempre somos capaces de justificar. De alguna forma
sabemos que algunos de ellos (parafraseando a Sábato) no aguantarían uno sólo
de nuestros análisis lógicos. Siendo así, una oportunidad para tender puentes
entre esas incoherencias y darnos cierta sensación de conexión integral siempre
es bienvenida.
Presentía que el libro vendría a ser el
final de una construcción de la que había venido siendo testigo a través de sus
columnas dominicales y ensayos. Me identificaba con muchas de sus
preocupaciones. Desde hace tiempo tenía la impresión pueril, superficial,
desarrollada en el trajinar del día a día, de que la cultura (comoquiera que se
entienda, ya volveré sobre ello) había ido desapareciendo, o acaso sea más
preciso decir, había venido siendo arrinconada en la escena venezolana. Como
suele ocurrir, contribuyeron con esa percepción una sucesión de hechos
puntuales: el fin del Festival de Teatro de Caracas (que gracias a la tenacidad
de un pequeño grupo de defensores de la cultura ha vuelto este año), el cierre
de nuestras librerías más tradicionales y su sustitución por una suerte de
abastos de autoayuda y de lectura rápida, el “fin de la concesión” que tenían
nuestros grupos teatrales sobre ciertos espacios, el cierre del Ateneo de
Caracas o la militarización del Teatro Teresa Carreño. En el lugar de la
cultura se ha ido instaurando una suerte de imperio del entretenimiento,
encabezado por un personaje todopoderoso en nuestros días: el bufón. En
palabras de Lipovetsky y Serroy (La cultura mundo: Respuestas a una sociedad
desorientada), el bufón tiene como única intención “divertir y dar placer a
las masas, posibilitar una evasión fácil y accesible para todos, sin necesidad
de formación alguna, sin ningún referente cultural y erudito”.
El problema está en que tras esa
convicción se encuentra una arrogancia inconfesable, que no es otra que la de
presumir saber, o como mínimo de saber quién o quiénes son los que saben, qué
diferencia la cultura de aquello que no lo es. Aún Vargas Llosa, con toda la
despreocupación y la irreverencia que le pueden haber traído el Nobel y la
edad, hace galopar sus ideas por encima de esta jactancia. A fin de cuentas: ¿qué
es la cultura? Tenía en mente una idea de José Ignacio Cabrujas que hasta la fecha
me había sido una referencia útil: La cultura es aquello que nos urge en la
vida. Esto, para Vargas Llosa, no puede ser la cultura. Esas definiciones tan
amplias, que comprenden “la lengua, las creencias, usos y costumbres,
indumentarias, técnicas y en suma, todo lo que una sociedad practica, evita,
respeta y abomina” son precisamente las que desembocan en la cultura como pasatiempo,
anteponiendo el entretenimiento por encima de todo. ¿Y qué es entonces la
cultura? Vargas Llosa cita a T.S. Eliot: “La cultura es una sensibilidad y un
cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”. Por
decir lo menos, esto tampoco ayuda. Más adelante afirma, en una de esas frases
con las que uno se identifica plenamente y después no haya qué hacer con ellas:
“La vida ha dejado de ser vivida, para ser representada… La idea de reemplazar
el vivir con el representar, hacer de la vida una espectadora de sí misma,
implica un empobrecimiento de lo humano”. ¿Y cómo sabe uno, por citar un
ejemplo, si el Rey de España y su protocolo es un “cultivo de la forma” o una
de esas representaciones que “empobrecen lo humano”?
Siendo así, la cultura queda a merced de
la interpretación de ella que haga una élite predominante. Vargas Llosa en este
sentido no tiene ningún remordimiento: La cultura debe ser patrimonio de esa
élite, y esa es (y aquí cita de nuevo a T.S. Eliot) “condición esencial para la
preservación de la calidad de la cultura”. Apenas unos párrafos más adelante,
el autor aclara que esa élite “en ningún caso debe identificarse totalmente con
la clase privilegiada o aristocrática de la que proceden principalmente sus
miembros”. Aquí vale aquello que le escuché una vez a Stephen King: Las
palabras que uno suele terminar con el sufijo “mente” son las que nos revelan. Este
mango bajito no lo ha dejado pasar Jorge Volpi: “Según él (Vargas Llosa) la
existencia de una autoridad permitió el desarrollo de la cultura, gracias a que
un pequeño grupo de sabios, cuya influencia no dependía de sus conexiones de
clase sino de su talento, señaló el camino a los jóvenes. (¿Quiénes serían esos
aristócratas sin vínculos con el poder?)”
Que en el libro no se encuentren las
respuestas que buscaba no quiere decir que la lectura no haya valido la pena.
Como suele suceder con estos temas tan resbalosos, en lugar de aspirar a tener
un criterio todo-inclusivo que sirva de tabulador a nuestras inquietudes, quizás
lo que conviene más sea sacar pequeñas lecciones en claro.
La primera es que jamás llegaremos a una
concepción única acerca de lo que representa cultura y lo que no. Y pensándolo
bien, es una gran cosa que así sea. Esto acaso nos obliga a tolerar al bufón en
todas sus manifestaciones, que incluyen (pero no están restringidas a) el
político, el economista, el encuestador; el entretenedor por excelencia. En ese
proceso, sin embargo, es bueno enfatizar que la cultura no tiene nada que ver
con las masas. Que a Pablo Coelho lo lean cientos de millones de personas no
dice - ni deja de decir - nada en relación a su obra como fenómeno cultural.
La segunda cosa es que, a título personal,
uno sí es capaz de decir qué ha sido cultura y qué no, de todo lo que uno ha
visto. Se percibe un elemento común, que radica no tanto en que se haya
superado la prueba del tiempo de manera intergeneracional (después de todo esto
depende en buena parte de esa cofradía de sabios que son los editores y quienes
deciden sobre el currículo de lectura estudiantil), sino más bien por el tiempo que cada manifestación
cultural haya sido capaz de permanecer en la impresión del espectador. Por
decir algo, uno siempre termina volviendo a la Odisea, o a las Memorias
de Adriano, a El beso de Gustave Klimt o al Autorretrato frente a
la cama y el reloj de Edward Munch. Aunque me parece increíble, todavía
encuentro gente muy culta que no ve en ellos nada espacial, y en cambio tienen
en cabecera La insoportable levedad del ser (de cuya página cien jamás
fui capaz de pasar) o atesoran serigrafías con los garabatos de Joan Miró. En
cualquier caso, es una cuestión personalísima, pero hay algo seguro: El bufón rara
vez consigue dejar una impresión duradera.
Siendo así, y he aquí la tercera y última
cosa que he sacado en claro, lo mejor que podemos hacer por preservar la
verdadera cultura sea promover la sensibilidad, estimular la búsqueda del
poeta, el escritor, el cineasta, el compositor, el artista plástico o el pintor
que nos expresa, ese al que terminamos por acudir en las horas aciagas y que, de
alguna forma que no somos capaces de explicar, nos orienta, nos contextualiza e
inspira. Esa es la única forma democrática de minimizar al bufón, al vendedor
de ilusiones, y de desmantelar en alguna medida el imperio del entretenimiento.
@miguelsantos12
Para El Universal, 03/06/2012
miguel.santos@iesa.edu.ve