jueves, 28 de junio de 2012

La otra Praga, la que fue


La primera vez que estuve en Praga, hace ya casi quince años, apenas habían pasado cuatro años de la caída del comunismo y algo más de veinte tras la invasión soviética de 1969. Las tiendas y los McDonalds ya estaban aquí, así como también las ventas callejeras de uniformes de la policía roja (esa misma que aparece en los videos cayéndole a palos a la muchedumbre concentrada en la Plaza Wenceslao, no todo fue fieltro en la revolución de terciopelo). Pero la mayoría de las calles estaban llenas de checos aún sorprendidos por aquella recién estrenada libertad, tiendas de vecindario, abastos, cafés y sobretodo, muchas cervecerías.

Hoy el panorama ha cambiado totalmente. Hay que alejarse decenas de kilómetros del centro para encontrarse con algún rastro de vida cotidiana, de autenticidad. Dentro de ese radio, las tiendas de baratijas y memorabilia turística han ocupado la ciudad, los restaurantes exhiben fotos de comida (un signo inequívoco de pésima calidad), los auténticos checos se han largado, sustituidos por kosovares (joyerías), hindúes, pakistaníes y chinos, europeos del Este y más de un local buscando aprovecharse de la ingenuidad o ese estado de relajación que le debería corresponder por derecho a todo visitante. Algo similar ha ocurrido con las grandes tabernas del centro: Ya no se ven casi checos por allí, su lugar ha sido ocupado por los tours masivos. Ahora es una fija el personaje del acordeón, tras él dos o tres más desentonando canciones “populares”.

La explosión del turismo le ha abierto el apetito a muchos, y la comunidad judía no ha sido la excepción. Han dividido los tickets de acceso a los interesantes monumentos judíos y sinagogas de la ciudad, cuidándose mucho de separar los más importantes. Así, si el viajero desea visitar el antiguo cementerio judío de Josefov y la sinagoga Vieja-Nueva, debe pagar dos tickets que totalizan unos 40 euros. Y ese precio no incluye las guías de audio (otros 40 euros), ni tampoco el derecho a tomar fotografías (2 euros). Dirán algunos, no sin razón, que es un tema de mercado: Aún con esos precios las colas eran interminables. La plaza de la ciudad antigua había sido tomada por Hyundai, que colocó pantallas gigantes para ver la Euro 2012 y enormes plataformas exhibiendo sus nuevos modelos, arrinconando el monumento a Juan Hus e impidiendo observar la panorámica arquitectónica del conjunto.

Tiene razón Joaquín Sabina con aquello de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Aún por encima de los estragos del turismo masivo posmoderno, lo que más he añorado en esta vuelta a la ciudad no ha sido el ambiente bucólico de aquél entonces. En uno de esos giros por las calles de la ciudad vieja, me tropecé con un grupo de mochileros con alguna evidencia de largo trajinar, sentados en las escaleras de una iglesia, haciendo un pequeño picnic a base de sándwiches y vino. Y sí, definitivamente, no hay nada en el mundo que se pueda comparar con esa sensación de inmediatez que trae el viajar barato, no hay afluencia, ni nuevas comodidades que lo puedan compensar. Digo, para que lo tengan en mente aquellos que piensan que nunca tienen suficiente dinero como para viajar.

@miguelsantos12

Para El Universal, 29/06/2012


viernes, 15 de junio de 2012

¿Qué denuncia Ramírez en la OPEP?


Rafael Ramírez acudió el pasado miércoles a la OPEP para alertar sobre “la posibilidad de un desplome en la demanda petrolera”, que a raíz de la “profunda crisis del sistema capitalista mundial” se ha convertido en “un peligro inminente”. He ahí la esencia del sancocho mental: El socialista, reunido con un pequeño grupo de productores, alertándolos sobre la necesidad de recurrir (de nuevo) al mecanismo de mercado, para restringir la oferta y recuperar los precios. ¿Qué es lo que ha alarmado tanto a Ramírez?

En las últimas siete semanas el precio de la cesta de petróleo venezolana ha caído 22 dólares. ¿Qué representa eso? Utilizando los volúmenes de exportación efectivamente cobrados por PDVSA, si esa caída se mantuviese por espacio de un año, dejaríamos de percibir 11.900 millones de dólares (2,4% del PIB calculado a 4,3 bolívares por dólar). Ahora bien, desde hace años Venezuela mantiene una serie de convenios a través de los cuales envía petróleo a sus aliados políticos en la región en condiciones muy ventajosas. Por cada 100.000 barriles por día de esos convenios dejamos de percibir unos 3.500 millones de dólares al precio actual, o 4.200 millones antes de la caída de precios. Es decir, 300.000 barriles regalados al día representan una pérdida similar, en términos de ingresos, a la que ha producido la caída de precios reciente en el mercado mundial. Venezuela, cortesía de la petro-diplomacia, tiene ya varios años sufriendo pérdidas superiores a las que acudió a denunciar Ramírez a la OPEP.

En el fondo, su desesperación viene también de otra parte. El gobierno ha venido incurriendo en un desequilibrio fiscal colosal para mantener a flote la candidatura de Chávez. El déficit fiscal de caja está por el orden de 15% del PIB. Ya se tenía decidido que, de repetir el Comandante, sólo una macro-devaluación podría corregir ese desbalance. Ahora, si eso era con el petróleo por encima de 100 dólares: ¿qué pasa si el precio se viene abajo? ¿De qué tamaño sería ese ajuste? A fin de cuentas, ir a hacer lobby en la OPEP y devaluar son las únicas dos estrategias que le quedan a la revolución.

La oposición, por fortuna, tiene muchas más. Entre ellas, sincerar la situación de estos convenios y concertar un cronograma para traerlos de vuelta a precios de mercado. Aún con el hueco que dejaría la revolución, tenemos un amplio abanico de opciones a las que ellos no pueden recurrir. Basta con constatar la evolución del riesgo soberano en la medida en que se hace más evidente la posibilidad de un cambio político. La oposición puede provocar un cambio significativo en las expectativas, que reactive la inversión y el empleo. Puede levantar el control de cambio, y desatar las fuerzas productivas que la revolución ha ido amarrando o anulando en estos catorce años. Puede continuar la estrategia actual de asociarse con privados para acelerar la producción petrolera, pero en condiciones mucho más ventajosas. Esto es importante porque, de alguna forma, se ha ido imponiendo la idea de que nuestra economía sufriría un 2013 terrible si gana la oposición. En realidad, es al revés. Es enfrentar el mismo problema, disponiendo de una batería de soluciones muchísimo mayor.

@miguelsantos12
miguelangel.santos@barcelonagse.eu

Para El Universal, 15/06/2012

jueves, 14 de junio de 2012

¿Qué tanto protesta Ramírez en la OPEP?

Rafael Ramírez ha acudido esta semana a denunciar que "la posibilidad de que una caída en la demanda mundial haga colapsar los precios del petróleo es un peligro inminente". Mañana escribiré sobre eso en El Universal. Pero curiosamente, está alarmado porque el precio del petróleo venezolano bajó de 100 dólares por barril. En realidad, durante los últimos ocho años el petróleo venezolano no ha pasado mucho tiempo por encima de ese límite, como se observa en la gráfica de aquí abajo. Acaso lo que llevó a Ramírez a esta denuncia desesperada en la OPEP es que el petróleo no haya seguido subiendo.


sábado, 9 de junio de 2012

¿Qué podemos aprender de España?


España ha conseguido ayer evitar, al menos por ahora, el colapso financiero. El país necesitaba 2.000 millones de euros para seguir pagando sus compromisos y ayer se ha encontrado con un mercado con algún apetito por deuda española. La mala noticia es que ese mercado mantiene el temor de una posible bancarrota y le ha cobrado una prima que adelanta parte de la amortización futura de principal. Esa es la forma más práctica de verlo: Quienes prestan exigen la tasa de interés base más una prima que adelanta parte del capital que se vence a futuro. Piense Ud. en el caso de Venezuela: Quien le presta a Venezuela a veinte o treinta años con una prima de riesgo de 10%, en diez años ya habrá recibido de vuelta la tasa de interés base (sin riesgo soberano) más su capital. A partir de allí, le corresponde recibir retornos adicionales por el riesgo que ha corrido. Pues algo así está sucediendo con España.

A raíz de la crisis española ha habido muchos comentarios de café y tertulias entre “expertos” en donde se habla irresponsablemente de España. Además de estar muy poco informados y aprovechar el beneficio del tiempo para predecir el pasado (la falacia narrativa), también utilizan argumentos falsos. Como es de todos conocido, en 1997 los países de la Unión Europea (UE) se comprometieron a mantener un déficit fiscal como porcentaje del tamaño de su economía (PIB) inferior a 3%. Durante la próxima década España no sólo cumplió con este criterio, sino que generó amplios superávit fiscales. Para hacernos una idea de este esfuerzo basta pensar que, con todo lo que España ha emitido a raíz de la crisis de 2007-2008, su nivel de deuda pública como porcentaje del PIB al cierre de 2010 (72%) era idéntico a 2000 (71%). Ese no es el caso de Italia (129% en 2010, 123% en 2000), Francia (97% en el 2010, 73% en 2000) y ni tan siquiera de Alemania (77% en el 2010, 61% en el 2000).

¿Y entonces por qué España está en problemas y Alemania no? Por dos razones fundamentales. La primera tiene que ver con el hecho de que el endeudamiento nacional tiene dos componentes: público y privado. Aunque el del sector público se mantuvo a raya, el privado pasó de tener una deuda de 187% del PIB en 2000 a 283% en 2010. Este colosal aumento llevó la deuda de la nación a 355% del PIB, la mayor en la UE, ¡a pesar del esfuerzo fiscal! La segunda razón tiene que ver con la estructura de valor agregado. Durante todos esos años, el PIB de España fue remolcado por la burbuja del sector construcción. Aún cuando el gobierno mantuvo superávit fiscales, el crecimiento fue tanto que dio para financiar un aumento del gasto similar. Así, se expandió la red de infraestructura física y de servicios del Estado. Una vez que la burbuja estalló, el país se ha encontrado con una estructura de gasto que ya no es capaz de sostener, y una población acostumbrada a esa red de servicios público (de allí los indignados digan: “yo me quiero jubilar igual que mi abuelo”). Para colmo de males, y esto acaso sea una de las pocas cosas que las tertulias de café aciertan, los trabajadores españoles son los menos productivos de la UE. ¿Cómo saldrá de aquí? Es difícil de saber. Y es que el inquilino que pagaba el condominio se mudó.

Para El Universal, 08/06/2012

@miguelsantos12
miguel.santos@iesa.edu.ve

miércoles, 6 de junio de 2012

De Narcissus and Goldmund, de Herman Hesse: El dilema del vivir y el pensar

‎"Natures of your kind, with strong, delicate senses, the soul-oriented, the dreamers, poets, lovers are almost always superior to us, creatures of the mind. You live fully; you were endowed with the strenght of love, the ability to feel. Whereas we creatures of reason, we don't live fully; we live in an arid land, even though we often seem to guide and rule you. Yours is the plenitude of life, the sap of the fruit, the garden of passion, the beautiful landscape of art. Your home is the earth, ours is the world of ideas. You are in danger of drowning in the world of the senses; ours is the danger of suffocating in an airless void. You are an artist, I am a thinker"

Done with Narcissus and Goldmund. Thanks Evelyn Borchardt

domingo, 3 de junio de 2012

¿Cómo desmontar al bufón?


Tengo que confesar que adquirí La civilización del espectáculo, el último libro de Mario Vargas Llosa, con esa mezcla de excitación y ansiedad de quien se aproxima a la fuente de sus dudas más existenciales. Todos tenemos esas áreas en donde nuestra coherencia es puesta a prueba, esas ideas que nos hemos ido haciendo con el tiempo y que no siempre son consistentes con el resto de nuestras convicciones. Hemos ido poco a poco construyendo nuestra propia forma de concebir el mundo y llegado a creer en principios que no siempre somos capaces de justificar. De alguna forma sabemos que algunos de ellos (parafraseando a Sábato) no aguantarían uno sólo de nuestros análisis lógicos. Siendo así, una oportunidad para tender puentes entre esas incoherencias y darnos cierta sensación de conexión integral siempre es bienvenida.

Presentía que el libro vendría a ser el final de una construcción de la que había venido siendo testigo a través de sus columnas dominicales y ensayos. Me identificaba con muchas de sus preocupaciones. Desde hace tiempo tenía la impresión pueril, superficial, desarrollada en el trajinar del día a día, de que la cultura (comoquiera que se entienda, ya volveré sobre ello) había ido desapareciendo, o acaso sea más preciso decir, había venido siendo arrinconada en la escena venezolana. Como suele ocurrir, contribuyeron con esa percepción una sucesión de hechos puntuales: el fin del Festival de Teatro de Caracas (que gracias a la tenacidad de un pequeño grupo de defensores de la cultura ha vuelto este año), el cierre de nuestras librerías más tradicionales y su sustitución por una suerte de abastos de autoayuda y de lectura rápida, el “fin de la concesión” que tenían nuestros grupos teatrales sobre ciertos espacios, el cierre del Ateneo de Caracas o la militarización del Teatro Teresa Carreño. En el lugar de la cultura se ha ido instaurando una suerte de imperio del entretenimiento, encabezado por un personaje todopoderoso en nuestros días: el bufón. En palabras de Lipovetsky y Serroy (La cultura mundo: Respuestas a una sociedad desorientada), el bufón tiene como única intención “divertir y dar placer a las masas, posibilitar una evasión fácil y accesible para todos, sin necesidad de formación alguna, sin ningún referente cultural y erudito”.

El problema está en que tras esa convicción se encuentra una arrogancia inconfesable, que no es otra que la de presumir saber, o como mínimo de saber quién o quiénes son los que saben, qué diferencia la cultura de aquello que no lo es. Aún Vargas Llosa, con toda la despreocupación y la irreverencia que le pueden haber traído el Nobel y la edad, hace galopar sus ideas por encima de esta jactancia. A fin de cuentas: ¿qué es la cultura? Tenía en mente una idea de José Ignacio Cabrujas que hasta la fecha me había sido una referencia útil: La cultura es aquello que nos urge en la vida. Esto, para Vargas Llosa, no puede ser la cultura. Esas definiciones tan amplias, que comprenden “la lengua, las creencias, usos y costumbres, indumentarias, técnicas y en suma, todo lo que una sociedad practica, evita, respeta y abomina” son precisamente las que desembocan en la cultura como pasatiempo, anteponiendo el entretenimiento por encima de todo. ¿Y qué es entonces la cultura? Vargas Llosa cita a T.S. Eliot: “La cultura es una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”. Por decir lo menos, esto tampoco ayuda. Más adelante afirma, en una de esas frases con las que uno se identifica plenamente y después no haya qué hacer con ellas: “La vida ha dejado de ser vivida, para ser representada… La idea de reemplazar el vivir con el representar, hacer de la vida una espectadora de sí misma, implica un empobrecimiento de lo humano”. ¿Y cómo sabe uno, por citar un ejemplo, si el Rey de España y su protocolo es un “cultivo de la forma” o una de esas representaciones que “empobrecen lo humano”?

Siendo así, la cultura queda a merced de la interpretación de ella que haga una élite predominante. Vargas Llosa en este sentido no tiene ningún remordimiento: La cultura debe ser patrimonio de esa élite, y esa es (y aquí cita de nuevo a T.S. Eliot) “condición esencial para la preservación de la calidad de la cultura”. Apenas unos párrafos más adelante, el autor aclara que esa élite “en ningún caso debe identificarse totalmente con la clase privilegiada o aristocrática de la que proceden principalmente sus miembros”. Aquí vale aquello que le escuché una vez a Stephen King: Las palabras que uno suele terminar con el sufijo “mente” son las que nos revelan. Este mango bajito no lo ha dejado pasar Jorge Volpi: “Según él (Vargas Llosa) la existencia de una autoridad permitió el desarrollo de la cultura, gracias a que un pequeño grupo de sabios, cuya influencia no dependía de sus conexiones de clase sino de su talento, señaló el camino a los jóvenes. (¿Quiénes serían esos aristócratas sin vínculos con el poder?)”

Que en el libro no se encuentren las respuestas que buscaba no quiere decir que la lectura no haya valido la pena. Como suele suceder con estos temas tan resbalosos, en lugar de aspirar a tener un criterio todo-inclusivo que sirva de tabulador a nuestras inquietudes, quizás lo que conviene más sea sacar pequeñas lecciones en claro.

La primera es que jamás llegaremos a una concepción única acerca de lo que representa cultura y lo que no. Y pensándolo bien, es una gran cosa que así sea. Esto acaso nos obliga a tolerar al bufón en todas sus manifestaciones, que incluyen (pero no están restringidas a) el político, el economista, el encuestador; el entretenedor por excelencia. En ese proceso, sin embargo, es bueno enfatizar que la cultura no tiene nada que ver con las masas. Que a Pablo Coelho lo lean cientos de millones de personas no dice - ni deja de decir - nada en relación a su obra como fenómeno cultural.

La segunda cosa es que, a título personal, uno sí es capaz de decir qué ha sido cultura y qué no, de todo lo que uno ha visto. Se percibe un elemento común, que radica no tanto en que se haya superado la prueba del tiempo de manera intergeneracional (después de todo esto depende en buena parte de esa cofradía de sabios que son los editores y quienes deciden sobre el currículo de lectura estudiantil), sino  más bien por el tiempo que cada manifestación cultural haya sido capaz de permanecer en la impresión del espectador. Por decir algo, uno siempre termina volviendo a la Odisea, o a las Memorias de Adriano, a El beso de Gustave Klimt o al Autorretrato frente a la cama y el reloj de Edward Munch. Aunque me parece increíble, todavía encuentro gente muy culta que no ve en ellos nada espacial, y en cambio tienen en cabecera La insoportable levedad del ser (de cuya página cien jamás fui capaz de pasar) o atesoran serigrafías con los garabatos de Joan Miró. En cualquier caso, es una cuestión personalísima, pero hay algo seguro: El bufón rara vez consigue dejar una impresión duradera.

Siendo así, y he aquí la tercera y última cosa que he sacado en claro, lo mejor que podemos hacer por preservar la verdadera cultura sea promover la sensibilidad, estimular la búsqueda del poeta, el escritor, el cineasta, el compositor, el artista plástico o el pintor que nos expresa, ese al que terminamos por acudir en las horas aciagas y que, de alguna forma que no somos capaces de explicar, nos orienta, nos contextualiza e inspira. Esa es la única forma democrática de minimizar al bufón, al vendedor de ilusiones, y de desmantelar en alguna medida el imperio del entretenimiento.

@miguelsantos12

Para El Universal, 03/06/2012

miguel.santos@iesa.edu.ve

viernes, 1 de junio de 2012

El cuero seco de la revolución


Elías Eljuri ha dicho esta semana que “en dos años habrá más oferta que demanda de trabajo”. Es una afirmación curiosísima, que no viene acompañada de ninguna argumentación lógica, ni tan siquiera una mínima construcción intelectual. El Presidente del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) ya ni siquiera siente la necesidad de sustentarla, le basta con repetir consignas, una detrás de otra, como si fuesen un mantra. La revolución sigue empeñada en convencernos (catorce años después) de que todo lo bueno está a punto de pasar.

¿Y eso será porque caerá la demanda o porque subirá la oferta? La demanda de trabajo, por ejemplo, está estrechamente ligada a la demografía. Cada año se incorporan al mercado laboral unos 400.000 venezolanos. ¿Cómo se va a reducir esta cifra? De repente nos tratan de convencer, como hace algunos años, de que el ingreso ha crecido tanto que millones de mujeres saldrán de la fuerza laboral para estudiar o quedarse en casa (pasar de desempleadas a inactivas). Y es que el Excel aguanta todo.

¿Y de dónde vendrá la oferta de empleo? El gobierno podría seguir nacionalizando industrias, cosa que no crearía nuevos puestos de trabajo, sólo los transferiría de una cuenta a otra. El déficit fiscal de caja estimado al cierre del 2012 ronda 14% del producto interno bruto (PIB), lo que deja muy poco espacio para un programa masivo de empleo público. ¿Y el sector privado? Menos aún. Esta es una puerta que el gobierno cerró  hace rato. Venezuela es uno de los países de mayor inestabilidad económica. Los empresarios, además de los numerosos riesgos de inseguridad jurídica y expropiación, no tienen ninguna posibilidad de ajustarse cuando ocurren esos vaivenes. Por un lado, nuestra legislación de bancarrota es de las más costosas del planeta. Es decir, siempre es mejor seguir funcionando con los hierros viejos que tratar de declararse en quiebra y vender activos. Por otro lado, la legislación laboral también es una de las más restrictivas, prohibiendo despedir trabajadores por debajo de ciertos niveles de salario, haciendo muy costoso el despido cuando es posible, y extendiendo el salario mínimo a un número cada vez mayor de trabajadores. Siendo así, el sector privado no contrata en épocas de bonanza, porque sabe que en el mejor de los casos le será muy caro despedir en tiempos de escasez. ¿Y qué se ajusta entonces? El salario real. Venezuela es uno de los países de América Latina en donde el salario real se encuentra más estrechamente correlacionado con la (volátil) producción. Esta no es una buena noticia. Junto con las numerosas restricciones de liquidez (la baja bancarización en los sectores D y E), la volatilidad del salario genera una volatilidad en el consumo privado que también está entre las mayores de la región. En concreto, Venezuela es el único país en donde la volatilidad del consumo es mayor a la del PIB (pobre Friedman). ¿Cuáles son los fundamentos del “aumento en la oferta de trabajo” que pregona Eljuri? ¿Aumentará la seguridad jurídica? ¿Respetará la propiedad privada? ¿Flexibilizará la legislación laboral? ¿Reformará la legislación de bancarrota? ¿Armará un diálogo para reestablecer la confianza en el sector privado? ¿Cuál es la estrategia?

@miguelsantos12

Para El Universal 06/01/2012