viernes, 30 de noviembre de 2012

El soplo de León Febres-Cordero


Hay mañanas en que me acuerdo mucho de León Febres-Cordero. Suele suceder cuando se evoca a alguien de forma espontánea, que una imagen específica nos viene en rápida sucesión, pone así la cuña y deja la puerta abierta a los demás recuerdos. En mi caso, ese dibujo inicial tiene que ver siempre con los barcos griegos prestos a dejar sus playas en dirección a Troya, varados en la arena por la falta de viento. La guerra a punto de empezar, los soldados llevan años preparándose para la batalla, pero las velas yacen mustias a lo largo de los mástiles, los rostros desanimados no dejan de contemplar el mar en calma.

La primera vez que lo vi fue en el estacionamiento del Teatro Teresa Carreño. Salíamos del Ateneo de Caracas y, al bajar las escaleras que conectaban ambos espacios (me imagino que aún existen, pero ya hace mucho tiempo que no voy por allí), dimos con un hombre en jeans y zapatos de goma poniendo volantes de "El último minotauro" en los parabrisas de los carros. En la parte de atrás, como es costumbre, venía una foto del autor: El mismo que ya se perdía en la oscuridad del estacionamiento con el fajo de volantes. De lo más amateur (el que ama lo que hace). Ahora sé que eso lo hacía día tras día, y que en aquél momento tendría unos 46 años. Así pude entrar en contacto con él y terminé pasando varias tardes en los amplios jardines de una quinta en Colinas de Tamanaco. Allí había organizado unas sesiones en donde decodificaba las tragedias griegas y nos hacía su contenido y esencia asequible. "La tragedia era algo que los griegos llevaban por dentro, algo que les ponía la vida patas arriba hasta un punto tal que ya no la reconocían. Ya no eran lo que hasta entonces habían sido: eran otros. ¡Qué gran alivio poder pasar a ser otro, sin haber perdido el juicio!". Mis notas de aquellos días guardan un parecido extraordinario con las ideas que recogen sus entrevistas y ensayos de hoy. Hace dos años la editorial Verbum publicó dos volúmenes, uno con su obra completa y un compendio de entrevistas y ensayos (En torno a la tragedia y otros ensayos). No son muy conocidos en Venezuela, porque aunque no se puede decir que nadie es profeta en nuestra tierra, la verdad es que hay pocos. "Lo de Shakespeare no son tragedias. Sus personajes no aprenden nada, no son capaces de asimilar, de convertirse en otros, sus padecimientos no los llevan a transformarse, como sí lo hacen Agamenón o Ifigenia". Es la esencia de la tragedia recogida por Aristóteles en su Poética: "Aquellos que estén sufriendo los misterios no tienen nada que aprender, sólo deben ser afectados, experimentar el sentimiento con miras a un cambio en el estado mental".

En el episodio que evoca esa imagen recurrente, el viento ha sido suspendido por la diosa Artemisia, porque Agamenón ha incumplido su promesa de sacrificar a Ifigenia. Agamenón se había ido haciendo el loco para evitar esa tragedia, pero el adivino Calcas revela a los soldados la razón tras la calma chicha, y éstos lo vienen a presionar. Así, empuña el puñal y se dispone a ejecutar a Ifigenia, pero en el último momento Artemisia la sustituye por un ciervo y se lleva a la joven a Táuride, donde se convertirá en sacerdotisa. Una nueva realidad que Agamenón, sin estar al tanto, había venido reprimiendo con su renuencia a aceptar la tragedia.

@ miguelsantos12

Para El Universal, 30/11/2012

martes, 27 de noviembre de 2012

La obsesión por redistribuir


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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
martes 27 de noviembre de 2012  12:00 AM
La semana pasada asistí a una discusión sobre crecimiento de largo plazo en América Latina en la Universidad de Barcelona. Aquí, la pieza de información que más ha llamado la atención de los participantes ha sido el hecho de que la producción por habitante de Venezuela cerrará el 2011 en un nivel similar al que tenía hace treinta y cinco o cuarenta años. Si se ajustan las tasas de crecimiento económico que reporta el Banco Central por las de crecimiento poblacional, cerramos 2011 en el mismo nivel de 1974. Ajustando nuestra capacidad de producción por su poder de compra, estaríamos al nivel de 1969. En cualquier caso, son treinta y cinco o cuarenta años perdidos, estacionados allí, en el mismo lugar en donde nos dejaran Raúl Leoni o Rafael Caldera (I).

Alguien apuntó por ahí que semejante fracaso no tenía precedentes en países que no hubieren sufrido guerras. Se me antojó una observación interesante y me di a la tarea de revisar los datos. El único país con un desempeño en crecimiento por habitante inferior a Venezuela entre 1970-2010 (-6,4% o -0,2% anual) es Nicaragua (-38,3% o -1,2% anual), que en efecto sufrió una larga y cruenta guerra civil. Es decir, es cierto que todos los que están peor que Venezuela (uno, en realidad) han pasado por una guerra, pero no al revés. Hay países en América Latina que han sufrido guerras civiles y conflictos armados internos y aún así exhiben un desempeño muy superior al nuestro. Es el caso de Haití (cuya producción por habitante creció 11,8% o 0,3% anual entre 1970-2010), El Salvador (48,3%; 1,0%), Perú (49,0%; 1,0%), Guatemala (49,5%; 1,0%), Honduras (51,0%; 1,0%), y ya no digamos Colombia (110,3%; 1,9%).

Los últimos catorce años, a pesar de la enorme bonanza petrolera de la segunda mitad, no han cambiado el panorama. Entre 1998-2010 el crecimiento de la producción por persona de Venezuela (ajustada por el poder de compra) cayó 1,7% en total (-0,1% anual). Ese es el segundo peor de toda la región, sólo por detrás de Jamaica (-2,1%; -0,2%). Curiosamente, una de las tasas de crecimiento per cápita más altas del período la registra Cuba, que cabalgando sobre las ayudas de Venezuela logró crecer 76,8% en esos doce años, equivalente a 4,9% anual. A otros países que reciben nuestra ayuda también les ha ido bastante mejor que a nosotros, como Nicaragua y Bolivia (ambos 18,5% o 1,4% anual). Nos han dejado atrás Perú (56,7% o 3,8% anual), Argentina (31,7%; 2,3%), Colombia (24,5%; 1,8%) y Brasil (24,1%; 1,85%). Para México ha sido un período duro, contagiado por la fuerte crisis de Estados Unidos, pero aún así su producción por habitante creció 13,2% (1,0% anual) en estos doce años. Es decir, por dondequiera que se le mire, el fracaso económico de Venezuela en términos de producción de bienes y servicios ha sido colosal. Alguien podría apuntar que faltan los últimos dos años, en donde crecimos alrededor de 5,0% en cada uno. Si, es cierto, he utilizado las cifras hasta 2010 para poder hacer comparaciones regionales en términos de poder de compra, pero no es menos cierto que ese crecimiento empujado a punta de deuda y gasto público será severamente reversado en los años por venir. En el largo plazo no tiene sentido seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. Esa, según me contó un apreciado psicólogo judío, es la definición de locura.

Es natural que una sociedad en donde la producción de bienes y servicios no crece se obsesione con la redistribución. En nuestro país el discurso que hace énfasis en el crecimiento se ha vuelto tabú, banalizado por las cadenas presidenciales en donde se divide el producto interno bruto de Venezuela en bolívares entre 4,30, y luego se insiste en que hemos crecido alrededor de 300% por ciento "en dólares" (como dijo el presidente Chávez, "si algo se duplica es que creció 200%, si se triplica es que creció 300%, y así sucesivamente... "). Inclusive, la expresión "productividad" ha llegado a ser prohibitiva, "suena a neoliberal", mera trampa de la jerga capitalista para promover la explotación del hombre por el hombre. Hemos sido necios según la acepción de Boecio, pues para no caer en esa trampa, hemos caído en otra peor. Si se trata de promover el desarrollo y reducir la pobreza de manera sostenible, en algún momento alguien tendrá que atreverse a levantar la bandera del crecimiento económico y de la productividad, alguien deberá aceptar el reto de persuadir y convencer, de ir mucho más allá del repetir lo que los focus groups (apoteosis de la desconexión política) nos indican que la gente quiere oír. 

@ miguelsantos12

jueves, 15 de noviembre de 2012

Catalunya: La trinidad imposible


Se aproxima el referéndum para la independencia de Catalunya y arrecia la campaña. El gobierno local ha hecho un esfuerzo colosal por presentar las complejas cuentas de la autonomía con el gobierno central de una forma asequible al votante promedio. Como suele suceder, ha caído en excesivas simplificaciones y recurrido a algunas sumas gruesas que escapan a la atención de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Pero he aquí que ese esfuerzo numérico describe por sí mismo el flanco más débil de los independentistas. De haber sido mayoría convencida quienes llevan dentro de sí el sentimiento separatista no sería necesario recurrir a tanta cuenta.

La balanza de las autonomías con el gobierno español se puede hacer de dos formas: El método de carga-beneficio y el flujo monetario. El método de carga beneficio toma en cuenta el saldo fiscal (diferencia entre ingresos y gastos imputados) de cada territorio con el gobierno central. Si el saldo es negativo (para la región), se dice que el territorio es contribuyente neto, y la suma se considera “aporte a la solidaridad inter-territorial”. Según este método, el saldo de Catalunya entre 1996-2009 (14 años) fue negativo (5,1% del PIB). El enfoque monetario imputa al territorio donde se genera el hecho imponible (ingresos) y los gastos al territorio en que se producen los servicios. Con un detalle: El gasto más importante del gobierno central no atribuible a las regiones es el gasto en embajadas. ¿A quién se imputa ese gasto en éste método? A nadie, porque los gastos en servicios ocurren fuera del territorio nacional. Según este método, el saldo negativo de Catalunya 1996-2009 es de 7,6% del PIB. Estas cifras representan acumulados en 14 años, lo que significa que pertenecer a España le cuesta a Catalunya cada año 0,4-0,5% de su PIB.

Pero es precisamente allí, tras la necesidad de hacer tanta filigrana con los números, donde se descubre la debilidad de la propuesta independentista. Quienes promueven el referéndum desean tres cosas: Un Estado democrático, independiente, y que abarque los territorios que ocupa hoy la autonomía. Y todo parece indicar que de esas tres sólo podrían tener dos (la trinidad imposible, acuñada por Thomas Friedman para el Estado de Israel). Según los sondeos, de realizarse elecciones abiertas a todos los residentes hoy en día, la independencia alcanzaría sus mayores cotas en la historia, pero aún así quedaría lejos de ser mayoría. Así, no tendrían un Estado catalán, pero habría democracia, y Catalunya (como autonomía) seguiría asentada en los mismos territorios. La opción independentista podría triunfar en unas elecciones en Lleida, acaso también en algún otro enclave, en cuyo caso tendrían un Estado catalán, con democracia, en una fracción del territorio. Por último, podrían convocar a elecciones sólo a las Montse, Marc o Jordi, o a quienes se apelliden Mercader, Pujol, Argelich y Bellot, lo que garantizaría la victoria, el Estado catalán, en el territorio de la autonomía, sí, pero no sería democrático. He ahí la necesidad de sacar tanta cuenta, de invocar el regreso a la tierra prometida aprovechando la incompetencia de Rajoy para manejar la crisis y la camisa de fuerza que Europa le ha puesto a España. Quién sabe.

@ miguelsantos12

Para El Universal, 16/11/2012

España: Cavando para salir del hueco


Ha sido una semana como cualquier otra, de unos años para acá. El viernes en la mañana una comitiva judicial subió las escaleras del piso de Amaya Egaña en Barakaldo, uno más de los trescientos mil desahucios que han caído desde la crisis. La ex-concejal de 53 años no quiso quedarse para presenciarlo, se lanzó al vacío desde el piso seis, a dos tramos de escaleras por piso. Esa misma tarde Iberia anunció el despido de 22% de sus trabajadores, más de 4.500 puestos que han desaparecido cuando más (o menos, según se vea) falta hacían. El sábado 129 periodistas de El País recibieron un correo electrónico de la dirección del periódico en donde se les comunicaba que estaban despedidos desde el viernes anterior. En un click, pasaron a formar parte de esa masa amorfa de 25% de desempleados (ya lo decía Stalin: Un muerto es una tragedia, mil muertos son una estadística”). Los desahucios son un excelente ejemplo de la falta de eficiencia de la política económica. La economía, rezan los libros de texto, es la ciencia (sólo una pretensión) que estudia la forma en que las sociedades usan sus recursos escasos para satisfacer necesidades ilimitadas. ¿Cómo puede ser óptimo tener cientos de miles de pisos vacíos, mientras sus antiguos inquilinos vagan por las calles, se apresuran a ocupar el último cajero automático disponible?

España continúa metida en la camisa de fuerza de Europa. Su superávit fiscal durante los años previos a la crisis no ha sido suficiente, porque se vino abajo su ingreso – que dependía de la construcción – de forma estrepitosa. Ahora se ha metido en esa espiral menguante de subir impuestos y recortar el gasto público en plena recesión, lo que a su vez provoca menor actividad económica y deteriora la recaudación. El sueldo promedio, a pesar del desempleo, sigue 20% por encima de Alemania, una diferencia que sin entradas de capital y bajo tipo de cambio fijo sólo puede corregirse a través de una deflación de salarios. Pero aquí el ajuste se sigue dando vía cantidades (puestos) y no precios (sueldos). Mientras, Alemania y Francia observan, con las manos cruzadas por detrás de la espalda. Convencidos de que lo que no mata fortalece, aprovechan la crisis para tratar de obligar a España a adoptar algunas de las reformas que no hizo en épocas de bonanza. A nadie conviene menos que todo el esquema del euro se venga abajo que a ellos, exportadores netos al resto de Europa. Es un equilibrio frágil y peligroso a la vez. Están en el aire el euro, la democracia y la baja inflación. Puestos a escoger, ésta última es el menor de los tres males.

@ miguelsantos12

Para El Universal, 15/11/2012

domingo, 11 de noviembre de 2012

El 7-O Y la caza del carnero salvaje



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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
domingo 11 de noviembre de 2012  12:00 AM
El siete de octubre ha puesto a cada quien en la senda de una búsqueda muy personal. Se trata de encontrar explicaciones (fue el líder, la mesa, el mensaje, la estrategia, la narrativa, la historia, son las leyes, es el dinero, son los pobres, es la falta de educación, es el CNE, el control total, la captahuellas), nuevas formas de vida (nos vamos, nos quedamos, nos vamos yendo de a poco, ponemos un pie allá, nos adaptamos y seguimos aquí, ya no nos vamos a ir, sacamos las cosas de Navidad de una vez) y también de pareja (él se quiso ir, ella se quiere ir, qué voy a hacer yo allá, qué vamos a hacer los dos allá, que se vaya ella, que se quede él). A pesar de esta enorme diversidad, tengo para mí que existe un elemento común detrás de todos estos tanteos: Aunque en la superficie predomine el hecho positivo, lo que más nos ocupa el pensamiento, el mayor determinante de nuestras frustraciones, es esa otra realidad que por ahora ya no es posible. Acaso esa sea la razón por la que, de manera natural, debemos recaer en la literatura como fuente de restauración. Después de todo se trata de eso, de la otredad, de reconocer que la fracción que existe es apenas una ínfima parte de nosotros, que a fin de cuentas también estamos hechos de esos futuros perdidos, de esas otras vidas que se derivaron a raíz de opciones que no escogimos (individual o colectivamente), ya sea porque no podíamos o porque no sabíamos más. No se trata de evadir la realidad, una expresión común en el vocabulario de nuestros días, sino de todo lo contrario. Como escribe Javier Marías "cada trayectoria de vida se compone también de nuestras omisiones y de nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, todas menos una, a la postre". Son esas otras realidades y esos otros con quienes nos reconciliamos en la ficción. 

Pero Marías no hubiese alcanzado para superar (desde un punto de vista literario, se entiende) este trance. Debía ser algo bastante menos estructurado y recurrente, algo así como Haruki Murakami. Si Ud. no lo ha intentado antes quizás este sea el momento. Murakami también ha elaborado su propia versión de la otredad en Kafka en la orilla: "Oportunidades perdidas, posibilidades perdidas, sentimientos que ya no podremos traer de vuelta. Eso es parte de lo que significa estar vivo. En nuestras cabezas hay muy poco espacio para eso. Ocuparían una enorme habitación en un arreglo similar a las estanterías de una biblioteca. Pero para entender el funcionamiento del mecanismo interno de nuestro corazón debemos recurrir a esas referencias. Debemos desempolvarlas de vez en cuando, airearlas, rellenar de nuevo los floreros vacíos de esas flores muertas". He ahí el rol de la ficción.

Las novelas de Murakami tienen un conjunto de códigos y elementos comunes. Sus protagonistas están atravesando una crisis personal muy severa, y un suceso trivial los suele lanzar hacia una profunda transformación. Empiezan a ser rodeados por sujetos extraños, de nombres inverosímiles y ocupaciones improbables. El pasado se confunde con el presente y el mundo de los sueños se sobrepone gradualmente sobre la realidad. Y he aquí que, en medio de esa crisis y con todas estas limitaciones, los protagonistas deben esforzarse por tantear la salida y en el proceso resolver, o tan sólo dejar atrás, ese conflicto de origen que los ha perseguido a lo largo de su vida. "La verdad no siempre es real, y la realidad no siempre es verdadera". 

En lo personal, debo confesar que un buen número de veces durante la campaña electoral se me vino a la mente de forma espontánea "La caza del carnero salvaje". Tras saber los resultados, me apresuré a volver sobre sus páginas y repasar mis notas en los márgenes, en búsqueda de significado. El narrador, un joven treintañero sin nombre, comparte con su mejor amigo una pequeña agencia de publicidad y viene saliendo de un divorcio difícil. Tratando de superar dicha separación, se enamora de una modelo de orejas (literalmente), una mujer fascinante, prostituta ocasional, que posee sobre él una suerte de atracción magnética. Su vida cambiará para siempre cuando su socio decida utilizar en una de sus campañas una imagen idílica e inofensiva: unas ovejas pastando en una pradera y, a un lado, un carnero. La fotografía lo pondrá en la mira de un poderosísimo grupo industrial, un verdadero emporio económico y político que, por razones que no comprende del todo, coincide con la desaparición repentina de su socio. A partir de entonces, se verá envuelto en una ardua investigación digna de las mejores novelas policíacas norteamericanas. Debe encontrar el lugar de la fotografía y al animal en menos de un mes, pues el grupo tras el carnero tiene la fuerza suficiente para aniquilarlo física y emocionalmente, convirtiéndolo en un paria en su propia sociedad.

¿Qué encierra el carnero? ¿Por qué despierta tanto interés? El animal, una suerte de santo grial que contiene el secreto del poder, sólo se deja ver por aquellos a quienes él escoge. Una vez que la mirada del mítico carnero ha poseído al observador, éste adquiere una fuerza implacable, que se manifiesta a través de la convicción, de la desaparición de toda duda. Según la leyenda, el carnero estuvo detrás de muchas encarnaciones del poder absoluto, entre ellas el mismísimo Gengis Khan. Antes de que cada sucesiva encarnación del carnero muera, el poder regresa a su fuente original, hasta que el animal decida poseer a un nuevo observador. Y así sucesivamente. Sin el carnero, quienes ostentan el poder se descubren carentes de toda fuerza, pierden esa condición que les hace posible someter a sus contemporáneos. Visto así, ¿quién no quisiera tener esa convicción, ese poder de convencimiento, acaso también esa capacidad de someter a los demás? ¿Cuántas veces hemos deseado tener un líder que se encuentre poseído por la influencia del carnero? ¿Cuántas veces hemos suspirado en estos años por aquellos que ya no están, porque suponemos que estuvieron en su día poseídos por el carnero?

El protagonista de Murakami descubre poco a poco las claves ocultas tras el carnero, y la frenética sucesión de acontecimientos que se derivan de su descubrimiento en aquella fotografía por parte de los desesperados inquilinos del poder. Hay, sin embargo, maneras diferentes de reaccionar una vez que se conoce la existencia del carnero. Hacia los compases finales de la novela, la búsqueda del carnero se funde y se hace una sola con la del amigo extraviado. Este último, responsable de la propia fotografía y en consecuencia único conocedor del verdadero paradero del carnero, se ha figurado todo mucho más rápido que el protagonista y ha decidido liquidar al animal. La sola idea de su existencia es demasiado peligrosa para el conjunto de la especie. Aunque su propia desaparición física forma parte del proceso de eliminación del carnero, está dispuesto a hacerlo para darle así sentido a su melancólica vida. Todavía hay oportunidad para una última conversación entre amigos. "Morí con el carnero dentro de mí, no le di chance a salir. Esperé a que se hubiera dormido como un tronco, até una soga a la viga de la cocina y me colgué. No tuvo tiempo de escapar. De haberme retrasado un poco, me habría dominado por completo". 

@miguelsantos12

viernes, 9 de noviembre de 2012

One of those rare authentic campaign moments: President Obama starts crying as he thanks volunteers


Las dos preguntas clave 2013


Las mejores preguntas en economía siempre surgen de la gente con una formación de base distinta, o más aún, ninguna formación del todo. Vienen cargadas de esa intuición básica que quienes estamos adentro ya hemos perdido hace rato. En ese sentido, algunos economistas necesitamos una escuela para desaprender (Facundo Cabral dixit). La historia de lo que ha ocurrido en 2012 ya está escrita. El gobierno se ha lanzado un aumento del gasto público que en términos reales (sin inflación) por persona lo coloca como el mayor de nuestra historia. Nuestros ingresos, por otro lado, permanecieron estables. Peor aún, como el precio del petróleo se mantuvo y nuestra producción también, la contribución de PDVSA es idéntica a 2011, pero en bolívares perdió poder adquisitivo por la inflación. Esta caída de los ingresos y aceleración del gasto produjo un déficit fiscal descomunal.

¿Cómo ha sido financiado ese déficit? Un tercio se financió imprimiendo dinero. Para la semana previa a las elecciones, la cantidad de monedas y billetes había crecido 51% con respecto al año anterior. Ahora bien, una vez que estas monedas y billetes salen a la calle, dan lugar a una cantidad de depósitos en los bancos. En ese mismo lapso, la liquidez (monedas y billetes en circulación, más los depósitos en ahorro y a plazos) ha crecido 59%. Y como la demanda de crédito privado está paralizada, el gobierno aprovecha y le empuja títulos de deuda a los bancos a tasas muy bajas, que terminan pagando los ahorristas (a quienes los bancos les paga tasas aún menores). Así se financiaron los dos tercios restantes del déficit.

Esta explicación es francamente. Aquí surge la primera pregunta: ¿Es posible financiar déficit imprimiendo dinero? ¿Y eso no genera inflación? La respuesta es que sí, que esa es parte de la explicación de por qué seguimos teniendo la inflación más alta del mundo. Pero la verdad es que imprimir 51% más de dinero y tener una liquidez 59% mayor, en un país que en teoría debe crecer 5% en el año, debería provocar una inflación mucho mayor (45%-50%). No ha sido así. La respuesta se nos escapa todavía: la teoría se parece a la práctica sólo en teoría. Milton Friedman escribió un papel de trabajo en 1957 en donde establecía un período de dos años para que el crecimiento de la liquidez se transmitiera a la inflación. Aunque esos plazos aplican para los Estados Unidos, nosotros no deberíamos esperar imprimir dinero ad infinitum sin que reviente la inflación. Eso representa un problema, porque es el principal mecanismo de financiamiento.

La otra pregunta esencial, visto que ya tenemos tiempo gastando y consumiendo bastante más de los que producimos (incluyendo petróleo como “producción”) es: ¿Hasta cuándo puede endeudarse un país? Venezuela en 1998 tenía una deuda externa de 25.600 millones de dólares, ahora tiene una de 95.500 millones. Incluyendo estatizaciones y proveedores de PDVSA por pagar, nuestra deuda llegaría hasta 150.000 millones de dólares. ¿Hasta cuándo? ¿Cuál es el límite de la capacidad? Son preguntas muy intuitivas, muy válidas en esencia, para las cuales no existe una respuesta precisa. Pero si le agregas arena gradualmente a una pirámide, aunque no puedas predecir en qué momento se vendrá abajo, sí puedes decir con certeza que en algún momento lo hará.

@ miguelsantos12

Para El Universal, 09/11/2012

viernes, 2 de noviembre de 2012

El fraude económico


El 7-O ha arrastrado a la oposición hacia una nueva crisis existencial. Venía como anillo al dedo la expresión en inglés soul-searching (algo así como “en la búsqueda de su alma”), pero ésta se suele traducir más bien por “examen de conciencia”, un proceso que evoca cierta serenidad de espíritu y disposición objetiva a reconocer nuestras fallas que aquí no aparece por ninguna parte. Predomina en su lugar la descalificación, el énfasis en el argumento ya conocido de antemano vociferado a-la Rodrigo de Triana, la crítica destructiva que paraliza y te deja sin ninguna idea, ya no digamos de qué hacer diferente, sino de qué hacer del todo a partir de ahora. Ya lo hemos intentado todo: ensayamos las marchas pacíficas y la salida militar, probamos la amarga copa de la abstención, amparada en aquella triste construcción del “parlamentarismo de calle”. Tras esa enorme hipérbole regresamos al voto. Antes de que esa desesperanza nos convenza de regresar a los estadios anteriores, vale la pena evaluar, de todas las que no nos han dado los resultados deseados, cuál ha sido la que nos ha dejado más cerca.

El 7-O coloca a la oposición a 5% de la mayoría absoluta. Con una participación superior al 80% no cabe esperar que el crecimiento necesario pueda venir de otra parte. Siendo así, se trata “sólo” de convencer a 5% de los 55%, o menos de uno de cada diez. No será fácil, y menos aún con la muy confusa percepción y el nulo conocimiento que tenemos del otro y sus motivaciones. Aún así, no es un resultado despreciable. Se ha dicho mucho acerca de la naturaleza fraudulenta del proceso electoral, de la necesidad de negociar mejores condiciones. Ese debate parece decantar en una obviedad que nos ha costado mucho: Fraude nos es sólo pulsar “A” y que el voto se cuente como “B”, sino más bien el conjunto que rodea al acto electoral. Menos se ha dicho del fraude económico, que no es menos significativo.

En la rampa a las elecciones de octubre, el gasto público por persona ha llegado a ser 34% más grande de lo que fue en 2011. Esto equivale a decir que cada venezolano recibió en promedio 34% más de bolívares de gasto, una cifra colosal que no tiene precedentes. El del 2012 será el gasto público más alto de nuestra historia en términos reales por habitante. Este año el Estado venezolano gastará 51% del PIB, cuando el resto de América Latina promedia 27%. Como quiera que nuestros ingresos han permanecidos estables, esa expansión ha provocado un déficit de 19% del PIB. La Grecia arruinada de hoy se encuentra alrededor de 10%; la España del 25% de desempleo está ahora mismo alrededor de 8%. Para financiarlo el gobierno ha recurrido a la impresión de monedas y billetes a mansalva, que crecieron 51% entre la primera semana de octubre 2011 y la de las elecciones.

Bajo esas condiciones, la oposición ha conseguido el 45% de los votos. Visto así, una vez que pase la marea del día después, lucirá como toda una hazaña. A diferencia del conjunto del fraude electoral, en el que habrá que buscar formas de reclamar desde nuestra fortaleza, el fraude económico se reversará y desvelará a sí mismo. Es importante que esa revelación nos consiga con la fuerza que sólo se deriva de la unidad. Cualquier otra cosa, es un nuevo salto al vacío.

Para El Universal, 02/11/2012

@miguelsantos12