Ahora que se termina el año, cuando
algunos signos apuntan hacia otro evento electoral muy poco auspicioso, se me
vino a la mente aquella mañana de domingo en Catia. Nos habían dicho que “lo de Capriles” empezaría a las doce, pero ya avezados con la dinámica del
candidato, llegamos al boulevard alrededor de la una. Yo había estado un par de
veces antes en Catia, en el Barrio el Observatorio, por cortesía del Padre
Armando Jensen, pero aquello era otra cosa. Ahora sé que la magnitud de Catia
es suficientemente vasta como para eso, para albergar espacios con rasgos y
ritmos muy distintos, que existen “las afueras de Catia” y que el Observatorio
es algo que los vecinos del lugar llaman “allá”.
Estacionamos la moto cerca de la
estación del metro. Por allí no había rastros de oposición. Era, como decían
los documentos oficiales antiguos cuando así correspondía, “un día de mercado”.
El boulevard estaba inmerso en esa actividad frenética, todos sus locales
abiertos y la sección pedestre ocupada por vendedores de electrodomésticos. Audífonos con micrófono incorporado, ejecutaban shows demostrativos ante nutridas concurrencias. La
propaganda oficial tenía copado cada árbol, cada poste de luz, y no pocas de
las fachadas de los comercios. Parados en medio de aquella algarabía, aguzamos
los oídos. Nada. Decidimos caminar dos o tres cuadras en cada dirección, hacer
una suerte de cruz, convencidos de que así daríamos con la concentración. Por
allí cada quien estaba en lo suyo, en el abastecerse de la manera más económica
posible. Allí se gestaba la chispa que da origen al hecho económico en su
expresión más simple, también la más genuina. Al fin, en uno de esos giros,
fuimos sorprendidos por una sucesión de gritos “¡allá va!” y empezamos a correr.
Logramos alcanzar al grupo de
avanzada. Una vez en el cauce, el entusiasmo de la concentración era innegable,
difícil de conciliar con la apatía de las calles circundantes. La gente en los
balcones se asomaba curiosa, no había en ellos euforia pero tampoco
animadversión, mientras veían pasar al candidato como una exhalación. Corríamos
detrás del 7-0, corríamos para poder dejar de correr. Durante el exigente
recorrido, levanté la cabeza buscando aire varias veces y dí así con las
señales de tránsito, “Propatria” recto, “23 de enero” a la derecha, “Avenida Sucre”,
vaya usted a saber. Nombres que hasta entonces sólo había leído en alguna
crónica de José Ignacio Cabrujas. Catia nos había dejado entrar. No se podía
concluir otra cosa y, pensándolo bien, no se podía tener aquello a menos.
Allí vive, acaso es allí en donde
empieza, el otro país. Un país con rasgos diferentes, con otras urgencias, con
una manera muy particular – que hasta hoy nos es no sólo desconocida sino
también esquiva – de concebir la cotidianidad y el progreso. En alguna medida
se logró interpretar algunas de sus preocupaciones, capitalizar su desengaño.
Pero no fue suficiente. Sigue habiendo vastas zonas de Venezuela en donde la
oposición no existe. Tanto en presidenciales como en regionales, la cantidad de
votos opositores cae de manera exponencial en la medida en que el centro de
votación se aleja de las grandes ciudades. Mientras sea así será difícil, ya no
digamos ganar, sino mantener el poder con un mínimo de paz social. La coyuntura
ahora nos favorece, siempre que estemos dispuestos a esperar. Se abre la
posibilidad de que sea el gobierno quien recoja lo que ha sembrado, de que sea a ellos a quienes se les vengan abajo los castillos de arenas del consumo sin producción, a quienes se les haga polvo en las manos la promesa de lo imposible. Mientras tanto,
a la oposición le viene muy bien el interregnum para desarrollar ese
entendimiento que hoy tanta falta nos hace, para sembrar lejos de las grandes ciudades una estructura que sirva de cuerpo y de extensión a la carrera del candidato, para elaborar esa narrativa que
atraiga a ese otro país, una en donde se identifique plenamente y que
capitalice la enorme decepción. Ya no hay razón para correr. Feliz Año 2013.
@ miguelsantos12
Para El Universal, 30/12/2012