viernes, 18 de enero de 2013

¿Para qué sirve un economista?


Es una pregunta legítima. Tanto para quienes están pensando, están ahora o alguna vez estudiaron economía (¿qué se puede hacer con todos esos conocimientos?) como para quienes consumen lo que producen los economistas (¿en qué se puede creer?). Inclusive para los amateurs, para quienes se acercaron más tarde, atraídos por la omnipresencia del hecho económico. ¿Para qué sirve un economista?

En Venezuela la economía está asociada de manera inseparable a predecir el futuro, en el mejor estilo de Adriana Azzi. A esa concepción han contribuido mucho los “analistas” que andan por ahí, siempre prestos a jugar a Casandra para ganar algo de espacio. La idea de que la profesión es inútil si no es capaz de predecir lo que vendrá no puede ser más errada: Los médicos no viven de predecir quién sanará y quién no, y cuándo, sino de prescribir remedios y corregir desequilibrios. De allí que lo que deba preocupar de la economía como ciencia sea su incapacidad para resolver nuestras dificultades (i.e. la crisis financiera), más allá del hecho de no haber sido capaz de predecirlas.

Se trata, al menos en su acepción más agregada (macroeconomía) de administrar de la mejor forma nuestras recursos escasos para satisfacer nuestras necesidades ilimitadas. A ese nivel los resultados dependen de las decisiones de millones de personas, lo que introduce un grado de complejidad que a su vez limita la precisión que la ciencia es capaz de alcanzar. Para tratar de analizar las más frecuentes de esas situaciones, los economistas recurrieron al uso de representaciones “simples” de la realidad (modelos), la mayoría de las veces amparados en un grado significativo de abstracción matemática.

Al principio, se procuró reducir toda nuestra compleja realidad a unas pocas ecuaciones. Apenas un código de representación, de alguna forma cobró vida propia y empezó a caminar por ahí, al estilo de los naipes del náufrago en la novela de Jostein Gaarder. Su decodificación de vuelta al mundo real quedó suspendida. Los modelos de “equilibrio general” que de allí derivaron, en palabras de Ricardo Caballero (MIT), “se dejaron hipnotizar por su propia lógica de una forma tal que empezaron a confundir su capacidad para predecir las circunstancias de ese mundo abstracto en el que surgieron con su capacidad para predecir la realidad”. La futilidad de estos métodos llevó a otros a estudiar fenómenos específicos de manera más precisa, sin pretender “explicarlo todo”. De este segundo grupo (ridiculizados como “modelos mascota” por los más generalistas) se derivan conclusiones más precisas pero también más simplistas: Su relación con el todo no siempre queda clara. La economía de los datos, esa que parte de y vuelve a los resultados concretos del hecho económico, ha pasado a un segundo plano.
A partir de aquí, la ciencia necesita con urgencia a gente dispuesta a levantarse y denunciar que el emperador lleva rato desnudo. Es hora de hacer algo distinto, de intentar algo nuevo. Es eso o quedar a merced de los opinadores de oficio.Como bien apunta Caballero, esos, aunque parezca imposible, sufren del síndrome de pretender-saber de una forma todavía más aguda que los economistas de academia.

@miguelsantos12

Para El Universal, 18/01/2013