viernes, 12 de abril de 2013

Somos todos exiliados de un país imaginario

viernes 12 de abril de 2013  12:00 AM
Me ha costado algún esfuerzo encontrar la motivación y las palabras para esta nota, sin ser deshonesto. Ya se acumulan en la bandeja de entrada los correos con las advertencias acerca de las palabras que no se pueden usar o las menciones que no se pueden hacer, las imágenes que no se deben invocar, en virtud de la absurda normativa que rige nuestro arreglo electoral. Abarcan, palabras más, palabras menos, la totalidad del espectro que me ilusiona y en el que deposito mis esperanzas por estos días. Me ponen en el límite de la honestidad, entendida en el sentido de Vargas Llosa, el de escribir sobre aquello que nos urge escribir.

En esas estaba, tratando de rescatar entre las ideas sobrevivientes alguna que otra cosa que sí quiera y piense que vale la pena decir, cuando recibí un texto inédito de León Febres Cordero, una pequeña farsa patética titulada "Antígona en Vuelvezuela". Su lectura me ha inspirado algunas ideas que ya compartimos hace tiempo, sin que necesariamente se haya hecho explícito. Me apresuro a hacerlo sin la autorización del autor, no vaya a ser que alguna inseguridad de última hora me vuelva a dejar sólo frente a la página en blanco. 

En Antígona en Vuelvezuela, dos personajes han encontrado el elixir para resolver la insatisfacción y el desasosiego que predomina en nuestra sociedad: la creación de un país imaginario (Vuelvezuela). Una tierra "con su propio mito fundacional, su himno, su escudo, su bandera, su constitución, su panteón de héroes y su Asamblea". Aquí, "entre samanes, cocoteros y turpiales" podrán vivir los desencantados, los que se han sentido condenados durante muchos años a un rencoroso aislamiento, los hombres rotos de nuestro tiempo. En resumen, podrán acudir allí los exiliados de un país imaginario (Rufino Blanco Fombona dixit) que jamás ha existido. Los ideólogos de esta construcción se dan cuenta de que muchos de nosotros, muchos de los que vamos a acudir a votar el próximo domingo, queremos recuperar un país en el que muy probablemente nunca llegamos a vivir. Nos inspiran (y aquí ya no me refiero a la obra) algunas reminiscencias del pasado (a unos), o los maravillosos paraísos asoleados recreados por la propaganda (a otros). Una alucinación colectiva tan poderosa que a ratos parece hacer referencia a dos lugares totalmente diferentes.

Un sobrino deberá encargarse de los detalles del funcionamiento, de idear "una maquinaria mental que sustituya a la presente". Y aunque se encuentra, él también, sumido en la angustia del paraíso perdido ("lo de nosotros, aquí en este valle, ha sido un genocidio anímico, espiritual"), no deja de darse cuenta con apesadumbrada iluminación de que "lo que nos está pasando no es asunto de cómo nos gobiernan, sino de cómo somos, de nuestra naturaleza". Eso es lo esencial: El país que nos vamos a encontrar el lunes, pase lo que pase, va a seguir teniendo los mismos problemas. Para superar nuestra circunstancia debemos empezar por renunciar a la ilusión del paraíso perdido. "Para que algo pase de verdad, hace falta que nos entreguemos a lo que está pasando mientras pasa, sin pensar que es algo transitorio, sin ansiar que pase otra cosa diferente de la que está pasando". 

@miguelsantos12