miércoles, 9 de octubre de 2013

Entre el líder que queremos y el que se necesita

imageRotate
MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 9 de octubre de 2013  12:00 AM
Tiene que haber algo en la forma en la que escogemos nuestros líderes. Algo en lo que ellos hacen espejo cuando nos prometen lo inalcanzable, ocultan realidades, o se presentan como quien tiene la solución en la mano. Nos gana el que viene a decir ya identifiqué el problema, es un asunto técnico, es solo cuestión de nombrar a la gente adecuada (Pérez), de ser honesto (Caldera), de freír corruptos y repartir esto mejor (Chávez). Como decía José Ignacio Cabrujas, Venezuela es un país que no sabe vivir sus crisis. Nuestra sociedad es incapaz de internalizar sus propias responsabilidades. Es el señor que grita al celular en pleno ascensor e insiste en tertulias callejeras "en este país no hay líderes". Para él, el problema no es él. En esa expresión, encierra su deseo que venga alguien "a poner orden". Esta actitud tan difundida fecunda un circulo vicioso: si quieres ganar elecciones, debes decirles las cosas que ellos quieren escuchar. Dada su exigencia de líder autoritario, si no te presentas así, no ganas; y si lo haces, perpetúas la evasión de responsabilidades. En consecuencia, en la próxima crisis, la próxima vez que las expectativas sobredimensionadas de la gente se den de bruces contra la realidad, el resultado será demandar un líder más autoritario aún. Dado que el caos es mayor, hará falta una fuerza mayor para hacerle frente. Y así vamos.

Paradójicamente, esta sucesión de Mesías y fracasos nos ha traído a un estado de caos generalizado, económico, político, social y moral, del que será muy difícil salir sin un liderazgo autoritario. Me explico. Según la literatura, existen condiciones de caos y tensión que solo pueden ser superadas bajo una dirección de este tipo. Primero: una sociedad con una capacidad mínima para la tolerancia, la reflexión; incapaz de asumir sus propias responsabilidades y actuar en consecuencia. Una sociedad polarizada, como la nuestra, que vive en permanente enfrentamiento consigo misma y no cuenta con herramientas para resolver sus propios conflictos. Una sociedad sin un conjunto de valores comunes que orienten la acción colectiva, sin confianza en el otro, sea el otro un individuo, una institución, o una autoridad pública. Segundo: el tamaño de la tarea puede ser de una naturaleza y urgencia tal que no da lugar a un proceso amplio de consulta, y menos aún en las condiciones anteriores.

Algunos de los factores anteriores son relativamente comunes. Lo que sí llama la atención es que nosotros tengamos todos los números. Me preocupa por varias razones. Me ha tomado un buen tiempo frasearlas de una manera posible, al final no sé si lo he alcanzado. Haré mi mejor esfuerzo por presentarlas en una secuencia lógica. Si en medio de esta circunstancia insufrible a las que nos ha traído Chávez, Maduro y sus acólitos, el país demanda un liderazgo más autoritario, no estoy seguro de que éste se encuentre hoy en el lado opositor. Para empezar, el ejercicio de la autoridad tiene sus canales, y nosotros no solo estamos lejos de controlar esos canales, sino que además los tenemos todos en franca oposición. Aún así, Henrique Capriles podría arreglárselas para convencer a Venezuela de que la salida pasa por él. En ese caso, me preocupa la expectativa ciclópea, y el duro contraste con la realidad del día después. La Venezuela que Chávez nos propuso no es posible. La conveniencia electoral ha determinado que se ataque a Maduro por dar al traste con el legado de Chávez, cuando ya de por sí ese legado en sí mismo era un desecho. Consumir en la magnitud que lo hemos hecho, sin producir, ha sido posible no solo gracias a la bonanza petrolera, sino además al endeudamiento salvaje de la República en condiciones de usura, a la apropiación pública y arbitraria de los activos privados, y a la acumulación de un enorme conjunto de deudas no documentadas cuyo balance aún está por precisar. Este segundo nivel es el que más me ocupa, pero no es el último.

Si de alguna manera consiguiésemos articular un mínimo de autoridad para hacerle frente a la situación, y si lográsemos a través de un prodigio en la ejecución superar "el día después": ¿Cómo vamos a salir del círculo vicioso? Es ahí en donde se encuentra el último reto del liderazgo. Al llegar a este punto se me viene a la mente Oscar Arias, quien suele insistir en que líder no es el que dice lo que todos están esperando escuchar, sino el que persuade y convence. Para eso hace falta cierta base. Superado el temporal, el liderazgo necesita devolver la responsabilidad y las herramientas de trabajo a la gente, y concentrarse en orquestar voluntades y volver a trenzar el tejido del Estado y la sociedad.

@miguelsantos12