miércoles, 2 de octubre de 2013

Historia de dos reuniones

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MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 2 de octubre de 2013  12:00 AM
Muy pocas cosas me han enseñado más acerca de la forma en que piensan quienes nos han arrastrado a este caos y el tipo de reto que enfrentamos que un conjunto de reuniones ocurridas en el tercer trimestre del año 2006. Siete años me han parecido suficientes como para compartir mi experiencia sin necesariamente incurrir en algún señalamiento particular. Hugo Chávez había decidido reunirse con un grupo de empresarios que iría escogiendo él mismo de uno en uno, con el fin de estudiar las razones detrás del estancamiento de la inversión productiva. Siguiendo uno de sus rasgos más característicos, Chávez decidió ignorar a las cámaras que formalmente representan al sector privado, y armar su propio grupo ad-hoc. Estos últimos, tras mucho meditarlo, decidieron proceder.

Se realizaron un par de reuniones de aproximación y conocimiento mutuo. El Presidente ponía siempre enorme énfasis en conocer la historia personal de cada quien. De dónde vienen tus padres, cómo comenzó el negocio, quién agarró las riendas. Para él todo se trataba de un esfuerzo hercúleo, de una hazaña personal. Las instituciones, esa característica esencial para evolucionar, aprender y sobrevivir más allá de la influencia de un ser humano, no cabían en su concepción. Tras esas primeras reuniones, las partes nombraron dos equipos técnicos, conformados por tres miembros. Los empresarios nos invitaron a Ángel Alayón y a mí, y otra tercera persona cuyo nombre me parece prudente reservar. Del otro lado, Franco Silva, para entonces en Conatel; Eudomar Tovar, para entonces en Cordiplan y hoy en día Presidente del BCV; y una persona más cuyo nombre ahora se me escapa. Las primeras reuniones se realizaron en Conatel. Guardo en mi recuerdo la cordialidad y el respeto mutuo en el trato; esa suerte de sensación de interés común que surge cuando se comparten detalles sobre los estudios, las familias, y los propios hijos.

Nuestro énfasis se centró en un conjunto de acciones específicas que estaban afectando la fluidez de la actividad económica privada. Nuestras "instituciones" tenían la forma de problemas muy específicos. Por el lado de los ingresos, el control de precios agotaba gradualmente los márgenes y las importaciones baratas ahogaban de a poco la producción nacional. Ya para entonces la falta de transparencia que rodeaba a las licitaciones organizadas por el Estado era un problema, pues se adjudicaban de forma directa a nuevas empresas de maletín, que terminaban por hacer enormes márgenes y jamás terminaban las obras. Por el lado de los costos, el acceso a las divisas, los costos laborales, la caída de productividad que ya para entonces había empezado a provocar la inamovilidad, y las deudas acumuladas por drawback, eran los principales temas.

Este lenguaje era inaceptable para nuestra contraparte. Ellos no concebían aquella conversación en términos generales. "Traigan un proyecto específico, vemos cuáles son las trabas, y se las solucionamos. Y así vamos". Insistimos en que aquél enfoque sería contraproducente. Terminaría por beneficiar los proyectos de quienes habían atendido al llamado del Presidente, no a todos los empresarios, o al país. Además, las mismas fallas se presentarían una y otra vez, por lo que hacía mucho más sentido trabajar juntos alrededor de esos puntos comunes a todos, para así atraer muchas inversiones y mejorar la competitividad. ¡Ese es un término capitalista! ¡Aquí no vinimos a hablar de competitividad! Tratamos de tener la misma conversación, sin llamar a las cosas por su nombre. Hicimos una estimación del monto que Venezuela necesitaba para crecer entre 8%-10% todos los años, y lo contrastamos con nuestros niveles de entonces. Sugerimos que la inversión que nos hacía falta no podría venir de dos o tres fuentes. Tendrían que ser cientos de proyectos. ¿Cientos? ¿Y quiénes serían esos inversionistas? No lo sabemos, sería gente que se atrevería a invertir, nacionales o extranjeros, si se les dan las condiciones. Esta posibilidad los agobiaba, necesitaban controlar, saber quién invierte y cuánto.

No pasamos de allí. Tras varias semanas de reuniones, tanto del grupo de empresarios con Chávez, como de sus equipos consultivos, el interés fue menguando hasta desvanecerse por inercia. Me quedó claro en aquél entonces que, aun si al frente de la revolución ponían a gente honrada, aquél paradigma nos llevaría al caos. No se trata tanto de que lo administraron mal, que vaya si lo hicieron, sino de que aquél set de creencias es una receta para la miseria. El país que Chávez nos propuso es una utopía. Aunque haya muchos que sueñan con la Venezuela de Chávez, administrada por Henrique Capriles, eso es un imposible.

@miguelsantos12

1 comentario:

Giorgio dijo...

Lo que me sorprende de tu relato es que haya habido un intento de acercamiento por parte del gobierno.
Estoy clarissimo que esta gente piensa que su ideología es la correcta y que es el rumbo para proyectar al país hacia un futuro promisorio. Estamos metido en un atolladero porque los que nos gobiernan no saben como funciona el mundo y el 50% del país confía en ellos.
Cuando vamos a salir de esto? Después de que Venezuela esté totalmente destruida (si, se puede caer mucho más bajo) y ese 50% se reduzca a un 30% o menos, en pocas palabras cuando ocurra algo parecido a la caida del muro de Berlin.