jueves, 10 de abril de 2014

La dictadura del no-hay-alternativa

imageRotate
MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL
miércoles 2 de abril de 2014  12:00 AM
La revolución se ha metido en una calle que ciega que le sigue presentando a Venezuela falsos dilemas. ¿Qué es un falso dilema? Ocurre cuando alguien nos quiere convencer en que debemos escoger entre infierno I e infierno II; cuando realmente esas no son las únicas opciones. Veamos dos ejemplos.

El Gobierno nos mantiene encerrados entre la incómoda elección entre inflación y escasez. Nos han convencido de que debemos escoger entre controles de precios que medianamente contienen la inflación y dejan los anaqueles vacíos; o anaqueles medianamente abastecidos a precios exorbitantes. Bajo las premisas de la revolución; la inversión privada es vista como un mal necesario al que se le ponen toda serie de obstáculos y trabas, la productividad y la competitividad son dos conceptos imperialistas (Franco Silva et Haiman El-Troudi dixit), y el Estado debe ser un proveedor todopoderoso de servicios, verdaderamente no hay alternativa. No hay ningún otro país en América Latina, incluyendo a Ecuador y Bolivia, forzado a escoger entre inflación y escasez. En la mayoría de los casos, la escasez es inexistente y la inflación es de menos de un dígito. ¿Por qué? Porque la única manera de combatir ambas es a través del estímulo a la competencia privada. La revolución se resiste a la promoción de la competencia, y ha escogido en su lugar un país en donde no existan más de uno a tres proveedores por industria, que corren los riesgos de inversión y expropiación (de los que están protegidos los empresarios del Gobierno) a cambio de la promesa de ganancias exorbitantes. Así, le hemos garantizado el mercado a un conjunto pequeño de productores lo suficientemente audaces o protegidos como para realizar enormes ganancias ofreciendo productos de baja calidad o servicios muy pobres. ¿El resultado? Tenemos ambas: inflación y escasez.

Otro falso dilema se nos ha planteado en el mercado cambiario. Si no se abre el mercado, la depreciación del bolívar en el mercado negro continuará. Y si se abre, y el Gobierno lo abastece, se registrará una colosal salida de capitales. En ese contexto, el Sicad- 2 está condenado a una de tres: desaparecer, sirve para financiar fuga de capitales (si el Gobierno interviene), o será irrelevante (si el Gobierno no interviene: una suerte de paralelo legal, condenado a la depreciación). Encerrados en esta suerte de cueva oscurantista chavista, se nos ha olvidado que en la mayoría de los países de América Latina el mercado de dólares está abierto y no se han registrado fugas de capitales. Todo lo contrario, durante los últimos seis años América Latina ha sido receptora de un extraordinario boom de inversión extranjera que ha obligado a los bancos centrales de muchos países a intervenir para evitar la apreciación de sus monedas (Chile), y amenaza con dar al traste con la economía de quienes no lo han hecho aún (Brasil). Mientras eso ocurre nosotros seguimos discutiendo Sicad-2, que si se necesita el ISLR, si me asignaron o no, que si oferté un bolívar más del equilibrio y no me tocó, que si el lunes pasado se transaron allí siete millones de dólares y unas semanas después unos cuarenta. Y así. Como tratando de beber agua de una manguera, nos hemos dejado arrebatar ante la posibilidad de adquirir divisas y se nos ha olvidado exigir un paquete de medidas más coherentes que resuelva el problema de raíz: la falta de confianza en la moneda local. Si quieres promover el consumo sin promover la productividad, si crees que puedes seguir imprimiendo dinero para financiar el gasto, si insistes en aplicar la ley de máxima ganancia o las guías de ruta del SADA, cualquier sistema que se te ocurra (mercado de divisas abierto o cerrado, con controles o sin ellos) va a ir a parar al mismo sitio, con más o menos legalidad, más o menos opacidad.

Y así sucesivamente. Es el desorden público o es la represión. Te quedas aquí y corres los riesgos de la inseguridad, la violencia, la ausencia de derechos, la expropiación; o te marchas lejos de las únicas aceras capaces de reconocerte los pasos. Así es la revolución. Es entre sufrir más o sufrir menos. Después de tantos años encerrados en esta lógica, encuentro a muchos convencidos de que en efecto no hay alternativa: la vida es difícil. No es verdad. De alguna u otra forma, parafraseando al filósofo Roberto Unger, es la dictadura de la ausencia de alternativas. Es posible armar una propuesta para que todos salgamos adelante, sin necesidad de que se nos quede nadie atrás. El problema se ha ido convirtiendo no en uno de falta de políticas, sino de pérdida de esperanza, de ausencia de fe. Es ahí donde la revolución ha registrado su mayor éxito.

@miguelsantos12