martes, 21 de abril de 2015

La muerte más lenta (versión ampliada)


  
Mucha gente por estos días se pregunta en qué anda Maduro, qué tiene en la cabeza. ¿Cómo es posible que haya decidido profundizar en una receta económica que sólo ha traído inflación, desabastecimiento y recesión, cuando esas fuerzas se vuelven hacia él como un boomerang, y amenazan su supervivencia política?

Al momento en que usted lee, la economía venezolana está atravesando uno de los ajustes más difíciles y más ineficientes de los que hayamos tenido noticia. A partir del 2012 nuestras importaciones han caído en 28%. En lo que va de año el Banco Central ha decidido ahorrarnos la calamidad de conocer la cifra, pero es posible hacer estimaciones. Los resultados son alarmantes. Si uno se fija en las exportaciones reportadas por nuestros principales socios comerciales a Venezuela (un ejercicio que ha hecho Bank of America), la caída en el mes de enero podría estar alrededor de 18%. Si uno se fija en las liquidaciones de divisas en los diferentes niveles de tasas oficiales resulta todavía mayor. CENCOEX, SICAD y SIMADI (que le ha hecho honor a su nombre) han reducido la asignación de divisas al sector privado en aproximadamente 60% durante el primer trimestre. Tomando en cuenta que el sector privado realiza 50% de nuestras importaciones, eso pondría un piso a la caída de 30% (bajo el supuesto improbable que las importaciones públicas, de las que aún no tenemos noticia, se han mantenido iguales).

En cualquier caso, es un descalabro colosal. De mantenerse esos números, Venezuela cerraría el 2015 con importaciones 49% inferiores al año 2012, en unos niveles que no se han visto en el país desde el año 2005. Y he aquí que, cuando uno proyecta las necesidades de divisas con esa reducción, todavía hacen falta unos 10.000 – 14.000 millones de dólares. Eso es por el lado del sector externo. Por el lado fiscal, el déficit se proyecta en la vecindad de 20%, financiado esencialmente a través de la impresión de dinero y represión financiera, lo que sería consistente con una inflación por encima de 150%. ¿Por qué? ¿Por qué Maduro ha decidido seguir esta vía?

Entre las hipótesis que más se han repetido prevalece la idea de que, o bien lo hace a propósito, para destruir aún más la economía y afianzar su control; o bien es presa de grupos de interés que se benefician del status quo, y le son esenciales para su precaria supervivencia. No le tengo fe a la primera. Sí creo que hay algo de la segunda, pero no sé si alcanza para explicar en toda su extensión el disparate. Me gustaría proponer una idea diferente: Maduro ha escogido la muerte más lenta.

A mediados del año pasado, Rafael Ramírez se paseaba por Londres ofreciendo un paquete de ajustes de esos que ellos suelen llamar neoliberales, aunque no tengan nada que ver con el neoliberalismo. Los banqueros de inversión se hacían eco del road show y aconsejaban a los inversionistas llenarse los bolsillos de deuda venezolana. Y he aquí que, en algún momento, Maduro se deshizo de Ramírez y le dio la espalda al paquete. Quizás sospechaba que liberar el cambio, algunos precios, y aumentar la gasolina, lo iba a convertir en un blanco fácil dentro de la propia revolución. Es decir, una vez que él hubiese asumido el costo político, la tentación de obligarlo a dar un paso al costado bajo el argumento de que “ha destruido el legado de Chávez” y proponer un heredero más legítimo, se hacía ya demasiado grande. Esto que ustedes quieren hacer, no lo voy a hacer yo. Ustedes creen que yo soy frágil porque tengo 20% de popularidad, pero la verdad es que detrás de mí vienes tu, que tienes 6%, y tu, que no llegas a 1%. A fin de cuentas, aquí el único que cuenta con algún vestigio de institucionalidad soy yo.

Así, Maduro se inclinó por reorganizar la distribución del poder, y hacerle frente al barranco económico en toda su extensión, en un esfuerzo por ganar tiempo. Cada mes que pasa le hace falta un nuevo malabarismo. Primero fue el descuento de la deuda Dominicana, luego la emisión de deuda de CITGO, ahora el swap del oro. Y así. De aquí en adelante habrá que ponerse más creativo. Pero sigue vivo.

El año avanza, Maduro se mantiene precariamente, y la economía se deshace en pedazos. Si todo sigue como va, hacia mediados de año el gobierno va a tener delante de sí una decisión importante. Puede acelerar el recorte en las importaciones, lo que implicaría reducir en más de 50% con respecto al año anterior, un tercio de las de 2012, a niveles de comienzo de los 2000, en una época en que nuestro consumo depende de nuestras importaciones en una magnitud sin precedentes. Puede intentar liquidar en su totalidad el oro en reservas internacionales, y demás activos externos de la nación (si la cifra de activos externos son los 76.500 millones de dólares que ha calculado Bank of America, estamos pasando trabajo por gusto). Pero también podría empezar a reconsiderar los vencimientos de deuda que se vienen en octubre y noviembre.

En su carrera hacia el abismo, ganar uno, dos o tres meses podría ser de vida o muerte. Y hay maneras de darle la vuelta a los ominosos escenarios que muchos analistas - ya metidos en el agua hasta el cuello - insisten en señalar en caso de una cesación de pagos. ¿El embargo de los envíos de petróleo venezolano? Depende. Si el default se hace sobre los bonos soberanos, la mayoría de los abogados avezados en estas cosas opinan que sería muy difícil interrumpir el flujo comercial de PDVSA. El problema está en que la mayoría de los vencimientos que se aproximan son precisamente de PDVSA. ¿Y entonces?

El gobierno podrían tratar de crear una nueva compañía, y traspasarle los activos de PDVSA. Una vez consumada la operación, el default lo produciría una entidad inerte, ahogada entre sus deudas y sin mayores activos que embargar. Es sólo una posibilidad. De nuevo, es eso, o liquidar el oro, o recortar las importaciones a niveles no vistos en quince años.

No hay nada nuevo en esto. Ya el mercado está valorando la deuda venezolana con una probabilidad implícita de default de 57% en este año, 97% acumulada si se consideran los próximos tres. Es decir, si Maduro aguanta de aquí al 2017 y el precio del petróleo no experimenta una aceleración dramática (nadie está contando con eso), lo del default sería más que una probabilidad, una certeza.

Fíjense el contraste que existe entre la deuda externa argentina y la venezolana. Argentina se encuentra actualmente en default, pero el mercado sabe que pronto habrá un cambio en el poder, y percibe que en cualquiera de las tres opciones la política económica corregiría los desequilibrios y se haría más viable. Por esa razón, aún en default, la deuda externa argentina ha venido subiendo de precio vertiginosamente (el riesgo país bajando). En el otro extremo, Venezuela, que no ha dejado de pagar, que con una política económica razonable no tendría que considerar el default como una opción ni aún en la circunstancia actual, con su deuda perdiendo altura sin cesar, ya con precios similares a los niveles de recuperación históricos en casos de default.

Para cualquier otra administración, bajo cualquier otra política económica, el default no tendría sentido: en el mediano plazo, los costos superan con creces a los beneficios. Pero Maduro no cuenta en términos de años; cuenta días, semanas, a lo sumo se asoma a los próximos meses. Está en un callejón sin salida, que terminará por destruir la economía, pero prolongaría aún más su vidrioso mandato. Ha preferido esta muerte.


@miguelsantos12 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenisimo. Pena que no escribas mas.

Nelson Freitas dijo...

Un símil que podemos hacer de la situación del país es que los especialistas le están diciendo al Presidente Maduro que el país esta incendiado y que para apagar el incendio, el debe comprar aviones tanque, barcos tanque y cisternas para combatir al incendio desde todos los ángulos y así apagarlo. El Presidente les ha contestado, no señores, lo haremos con tobitos de agua y se acabo.
¿Podrá apagar el incendio?